Aterrizaje forzoso
03 de febrero de 2010
De hoy para mañana
Miguel Jiménez
Su cara, sigo viendo su cara. Ojos desorbitados, boca abierta, dientes apretados. Allí, entre el marasmo de brazos, codos, bolsos, cuerpos y corbatas, entre el aire irrespirable de esa banda de estresados y masoquistas que saltan de sus asientos al golpe de la corneta que con la luz verde que se apaga indica “cinturones fuera”. Se empujan para empujarse, se apelotonan para sentirse apelotonados, retuercen sus cuerpos de forma inverosímil para, estoy seguro, sentir el placer de ese angustioso retorcimiento, pues ese otro objetivo de salir antes que los demás no lo logra nadie. Se lo aseguro, nadie.
El viernes, recién aterrizado en el Aeropuerto de Vigo, no fue distinto y, en cuanto el piloto dio la orden, saltaron por docenas los del agobio, como ñus en su desesperado cruce del río Mara, con bufandas, maletas, abrigos y PDAs volando como cocodrilos que a dentelladas defienden su espacio.
Tras el desconcierto inicial, automáticamente sucedió lo de siempre: todo el mundo quieto, amontonado en el pasillo, como borregos camino del matadero, congeladas sus articulaciones en ese instante imposible que se produce cuando la puerta sigue cerrada y el avión no da más de sí.
Allí estaba yo, plácidamente en mi asiento, observando una vez más con incredulidad este absurdo fenómeno natural, cuando algo se movió a mi espalda. Era ella, con el cuerpo aprisionado por unos mocasines del 45, la barra del asiento 12C, la hombrera de un abrigo negro de Massimo Dutti, la hebilla del cinturón de unos vaqueros, la espalda interminable de un ejecutivo de 90 kilos y el canto firme y resistente de la bolsa de un ordenador portátil.
Ah, pero tenía los brazos libres, sí, libres, y entonces se removió como las gacelas en las fauces de una leona, estiró los brazos hacia el portaequipajes y consiguió arrancar de allí su inmensa maleta. Aguantando el tipo como una haltera, fue perdiendo el equilibrio y buscó a su alrededor una pradera donde arrojar el fardo. Su asiento, estaba ocupado, pues su compañero había avanzado; a su alrededor, más seres humanos, sin dejar un milímetro de suelo; la angustia le atenazaba, ya sus brazos comenzaban a rozar un ángulo peligroso, cuando vio una luz, una luz blanca, no, más bien era el reflejo sobre una pradera amplia, un sitio vacío, un espacio libre, un helipuerto surgido de la noche tenebrosa sobre el que hacer aterrizar tan pesada carga.
Y no lo dudó, porfió a la desesperada y ya con la maleta en caída libre empujó para arrojarla con violencia y liberación sobre mi impoluta calva. Grité un exabrupto y me giré para ver su cara, ojos desorbitados, boca abierta, dientes apretados, sin pronunciar palabra.
Balance: herida inciso contusa por una de las ruedas, superficial y levemente sangrante. No precisó cura. Cicatrizó con la brisa mañanera del Puerto de Vigo, mientras paseaba para hacer tiempo y evitaba con habilidad las cagadas de las gaviotas posadas en las farolas. Todavía no llovía a esas horas.
Luego estuve en la Jornada organizada por Acciona sobre la Autopista del Mar “Atlántica” y me traje para Madrid encontradas sensaciones. No lo atribuyan al golpe. La primera es negativa, porque con todo el tiempo, esfuerzo, dinero y palabras que llevamos gastados en este asunto de las autopistas del mar, que Acciona tenga ahora previsto comenzar, si comienza, en verano de 2011 es para desesperarse.
Aún así, me reafirmé en mi convencimiento ya expresado de que lo mejor que le podía pasar a la Autopista del Mar Atlántica era precisamente lo que le ha pasado, que le abandonara PSA y sus tráficos, pues ahora Trasmediterránea ya no tiene red, ni seguro ni ,sobre todo, ese mullido colchón que le iba a hacer sentirse mucho más liebre que tortuga.
Acciona parte en estos momentos prácticamente de cero y todo lo que salga va a ser sumar, sumar y sumar, en beneficio del short sea shipping, la intermodalidad y la sostenibilidad.
Hay que celebrar el compromiso de la naviera y su afán de “peinar” el mercado en busca de cargas. Eso sí, “el mercado ya está explorado”, les puntualizó el presidente de Puertos del Estado para darles a entender que hay que acelerar la puesta en marcha. Pues bien, yo diría que “debería haber estado explorado”, pero a tenor del estudio iniciado ahora por Trasmediterránea está claro que ese trabajo no se hizo en su día o al menos no con la intensidad requerida, por muchos nuevos condicionantes que haya traído la crisis. Repito, lo de PSA daba tranquilidad, excesiva y anestesiante tranquilidad.
Mucho mejor están las cosas en Gijón, donde todo parece indicar que para marzo comenzará a operar la otra autopista del mar. Presumía de ello el lunes el presidente del Principado de Asturias, Vicente Álvarez Areces, y por supuesto, también del crédito de 215 millones logrado para poder acabar la ampliación de El Musel.
Y aunque hay que felicitarse, me dejaron un tanto a cuadros las palabras de Álvarez Areces, porque fue incapaz de contenerse y del discurso técnico pasó al político y del político al mitinero y comenzó a lanzar loas y alabanzas al Gobierno de Zapatero, a su compromiso con El Musel, a criticar veladamente a los Gobiernos anteriores que a su entender no apoyaron al enclave gijonés y a darle estopa a las fuerzas políticas locales dedicadas a torpedear el proyecto, según su opinión.
Es lógico que el presidente del Principado quisiera rebozarle el lunes a todos sus “enemigos” del Partido Popular local y nacional, presentes y pasados, el haber logrado que las obras sigan adelante. Pero es que me parecía mentira estar escuchando tanta fanfarria cuando la concesión del crédito no es más que la traducción de un fracaso -pónganle todos los atenuantes que quieran por lo imprevisto del incremento de los costes- y, lo más importante, quien presume es alguien que no quería esta ampliación, sino una mucho más grande y más costosa que la actual.
Cuando tienes que llamar a papá estado para que te rellene los pantalones porque se te caen, cómo es que vienes presumiendo de apoyos y compromisos cuando tú querías unos pantalones el doble de grandes.
¿Alguien se acuerda de cómo en 2003 Areces se partió la cara con el ex-ministro del gobierno popular Francisco Álvarez-Cascos por qué proyecto de ampliación había que acometer? ¿Alguien recuerda que el presidente del Principado defendía la fastuosa alternativa 3C frente a la modesta 2E de Cascos, que fue finalmente la que se impuso gracias a la racionalidad del entonces presidente de la Autoridad Portuaria, Fernando Palao, y su capacidad para lograr del estado los compromisos de financiación europeos?
¿Cómo alguien que quería un puerto mucho más caro y ni siquiera ha podido afrontar uno más barato sigue alardeando de gestión? Mil gracias le debería estar dando a Cascos, pues con su 3C, y tras los imprevistos, el agujero no lo hubiera tapado ni OPPE ni el Estado.
Para Álvarez Areces el crédito ha sido también, al final, un helipuerto surgido de la noche tenebrosa, aunque en su caso se ha abalanzado con tantas ganas que ha patinado.