Crónica de Berlín
09 de febrero de 2010
ZIG ZAG
Llegué a Berlín, justo tal día como hoy hace una semana, pero con 20 años, 2 meses y 25 días de retraso. No se puede estar siempre en el momento justo y en el lugar oportuno; por eso, el jueves 9 de noviembre de 1989 yo no me encontraba entre los millares de personas que estaban, a golpe de piqueta y mazo, escribiendo la historia del siglo XX en las calles de Berlín. Ni siquiera estaba allí para contarlo en tercera persona.
Aquel día yo tan sólo era un aprendiz de periodista, un destajista de los apuntes y buen cliente de las fotocopisterías cercanas a la Facultad que, desde mi pupitre, trataba de sacudirse la malsana envidia que sentía de los enviados especiales que desde la misma Puerta de Brandenburgo anunciaban al mundo el fin de la guerra fría en tiempo real, en directo, in situ. “Algún día yo también firmaré una crónica desde Berlín”, me juré entonces.
A pesar de que desde la caída del Muro habré visitado Alemania por motivos laborales al menos una veintena de ocasiones, no fue hasta la semana pasada cuando por fin pisé suelo berlinés; o mejor dicho, hielo, ya que toda la ciudad estaba cubierta por una gruesa e interminable costra blanca. Cinco años de licenciatura y casi 20 de profesión bien se merecían la recompensa emocional de enviar una crónica firmada desde la capital alemana, aunque ya no existan allá revoluciones que gloriar ni gestas que engrandecer con titulares rimbombantes.
Algo, por contra, tan aparentemente banal a los ojos de un profano como la celebración de la feria Fruit Logistica 2010 me brindó la oportunidad de saldar mi vieja cuenta pendiente con Berlín y cumplir al mismo tiempo el objetivo fundamental del viaje que, por si alguien le queda aún alguna duda, era el de informar sobre la feria en las páginas de este Diario. Queda claro.
Así que, gracias a la Fruit Logistica no sólo firmé mi primera crónica berlinesa, informando del certamen, sino que en las horas libres, al caer la noche, me enfundaba mi disfraz imaginario de reportero para perderme por las calles de un Berlín Este que siempre ansié conocer desde este otro lado del Muro. Desde la Alexanderplatz, recorrí la inabarcable Karl-Marx-Allee, la gran avenida de la RDA jalonada de hieráticos edificios del realismo soviético que se precipitaban sobre la calle como fantasmas sin sombra.
Yo lo iba mirando todo en todas direcciones, mientras daba pasos cada vez más inciertos sobre el hielo que alfombraba las aceras. Imaginaba agentes de la Stasi en cada una de aquellas ventanas negras y profundas, acechándome con su mirada furtiva y delatora. Y mientras iba componiendo en mi mente la próxima crónica de este reportero ficticio e improvisado, caí de bruces sobre el hielo berlinés, víctima de mi impericia en este tipo de misiones de “alto riesgo”.
Me levanté dolorido y allí mismo, en la espesura de la noche, añoré el tacto suave de la moqueta de la Berlin Messe, el wi-fi de alta velocidad de la sala de Prensa, la animación de los pasillos de la Fruit Logistica y los saludos y apretones de manos de los expositores. No diré como Kennedy aquello de Ich bin ein berliner pero si París bien valía una misa, Berlín bien vale una crónica.