Una tarde de verano de 1983. Aeropuerto de Sondika. Un vuelo de British Airways con destino Londres y aquella emoción adolescente, hecha de anhelo y palpitaciones, tan irrepetible, de quien está a punto de cruzar el umbral entre lo conocido y todo lo demás. Porque por mucho que el mundo sea un Bilbao más grande, como dijo Unamuno, a los 16 años todo se nos queda pequeño y acabamos poniendo tierra de por medio, siquiera por unos días, de nuestra propia rutina. Sea en Essex, como fue mi caso, en Hafnarfjördur o en Campo di Montelanico. Lo mismo da. El caso es vivir, salir, volar...Allí estaba yo, aquella tarde de un 3 de julio, recorriendo el pasillo del Boeing 727 en busca de mi asiento, en mi primer vuelo, mi primera salida al extranjero, ansioso por saber si me había tocado la lotería de la ventanilla. Pero acabé descubriendo con disgusto que la letra C correspondía al pasillo, así que pasé las dos horas de vuelo estirando el cuello en un intento de atisbar un pedazo de tierra o mar para poder al menos contar a la vuelta a mis amigos cómo se veía el mundo desde el cielo.Pasaron muchos años, casi diez, hasta que volví a coger un avión y desde entonces ya no he dejado de hacerlo. Siempre en ventanilla, tal vez por querer resarcirme de forma inconsciente de aquel frustrante bautismo aéreo. Lo cierto es que por mucho que sigo viajando en avión, aún continúo emocionándome tanto como el primer día cuando veo alejarse o acercarse el mundo a través de la ventanilla. Sin embargo, ya ven, tuvieron que pasar miles, millones de años, hasta que el hombre consiguió volar, para que ahora vengan otros hombres (casi siempre de negocios) y le hagan el feo a los hermanos Wright apartando su mirada de la ventanilla para llevarla a sus Blackberrys. Definitivamente, esta clase de gente no puede ser feliz...Este martes 1 de marzo vuelo de Bilbao a Frankfurt por motivos de trabajo (de cuyo contenido tendrán, si todo sale bien, cumplida cuenta en la edición de mañana) y vuelvo a fijarme en quién pega la cara a la ventanilla y en quién no lo hace. No falla. Siempre son los mismos. Ellos se lo pierden... Porque el despegue desde el Aeropuerto de Bilbao regala unas vistas espectaculares. Desde los asientos F, el Valle del Txorierri; las playas de Uribe Kosta y Urdaibai, para continuar hacia la costa guipuzcoana y Las Landas, en Francia.Desde los asientos A, Bilbao, los pueblos de la margen izquierda y el Puerto de Bilbao, con Castro Urdiales al fondo, antes de que la vista acabe por perderse en el Cantábrico. Desde la ventanilla del avión que me lleva a Frankfurt, el Puerto de Bilbao, como tantos otros puertos, parece una maqueta, un juego de niños, con sus barcos, sus camiones y sus grúas, con sus contenedores de mil colores y sus parvas de negro carbón. A vista de pájaro, con ojo de halcón, todo parece en orden, en su sitio. Como en una exposición de Playmobil, todo parece perfecto, un mundo donde todo funciona y no existen problemas.Si el puerto pudiera verse desde lo alto con un ojo de halcón, como el que se utiliza en el tenis para decidir en jugadas dudosas, estoy seguro de que las cabezas de todos los pasajeros del avión se girarían hacia las ventanillas. Pero todavía son muchos más los que miran sus malditas Blackberrys...