Se contaron por cientos, yo diría que por miles, los curiosos que durante aquellos días de paso del milenio se llegaron hasta la playa de Ereaga y el contradique de Algorta, en Arriluze, para contemplar atónitos la escena. Acudían en alegre biribilketa (pasacalle) para disfrutar, gratis total, de un espectáculo majestuoso, insólito, dramático, digno de las mejores producciones de Hollywood. Pero esta vez al aire libre, sin tramoya, decorados ni efectos especiales. Sin trampa ni cartón. Aquello era tan real como el húmedo viento del noroeste que azotaba el arenal getxotarra, por mucho que los más incrédulos se frotaran los ojos antes de dar por verdadera aquella visión espectral. Yo era uno de ellos.Como si ahora mismo fuera, puedo distinguir aún con detalle la fantasmal silueta del buque Rilos varado en la playa de Ereaga, encallado a escasos metros de la orilla sobre un lecho de arena y rocas, como si levitara sobre el Abra, dejando su decolorada panza prácticamente al descubierto. Si los barcos pudieran levitar, el Rilos sería seguramente de los mejores. Pero en realidad, el Rilos era una birria de barco. Lo que se dice un barco sin pedigrí, un ratonero de los mares. El Rilos era, en verdad, un barco chatarrero y sin lustre, que alegraba sus días a base de guajira, guaracha y mambo. Y ron de caña.Con tripulación cubana y bandera maltesa, había sido construido en 1978 en un astillero ucraniano, bautizado como Jose A. Echeverria y adquirido por Cuba en los tiempos de su idilio con la antigua URSS. Tenía una eslora de 162 metros y su desplazamiento en vacío superaba las 7.000 toneladas, lo que a decir de los marinos lo convertía en una especie de acorazado. Además, su tecnología era antiquísima y sus operaciones, tanto en máquina como cubierta, resultaban en extremo demasiado complicadas. Una joya de la marina mercante, en definitiva.Así las cosas, el Rilos navegó con más pena que gloria durante 21 años hasta que un 27 de diciembre de 1999, un temporal rompió las amarras cuando se encontraba atracado en el Puerto de Bilbao, en Santurtzi. A la deriva, el Rilos fue arrastrado hasta Ereaga, donde embarrancó con 36 tripulantes a bordo, resultando todos ellos ilesos.Las labores de rescate no fueron sencillas. Primero porque los diferentes organismos (Puerto de Bilbao, Capitanía Marítima, Salvamento Marítimo, Marina Mercante, Consignatario y Compañía de seguros) no se ponían de acuerdo en la asignación de responsabilidades. Segundo, por la propia complejidad de la operativa.El caso es que una parte de la tripulación fue evacuada dos semanas después del accidente mientras que el resto permaneció a bordo para colaborar en las tareas de extracción del gasóleo y evitar así una catástrofe ecológica. Las tareas de rescate del buque hubieron de ser aplazadas varias veces ante el temor de que el casco se partiera y finalmente, el 23 de enero de 2000, el Rilos era liberado con la ayuda de dos remolcadores, a cuya empresa fue cedido el buque en concepto de pago por el rescate. El Rilos, valorado en 75 millones de pesetas, fue vendido al precio simbólico de un dólar. Fin del Rilos. Fin de la historia.Tanto este episodio del encallamiento del Rilos, como los naufragios del Costa Concordia y el Prestige, o del Urquiola y el Aegean Sea, serán analizados en el Congreso Grandes Accidentes Marítimos que se celebrará en Bilbao entre los días 25 y 27 de abril de este 2012 en el que se cumple el centenario del hundimiento del Titanic, suceso que dio pie dos años después al primer Convenio Internacional para la Seguridad de la Vida Humana en el Mar.Son historias del mar, la mar, que nos recuerda lo puto/a que puede llegar a ser cuando se le pierde el respeto o simplemente, cuando sucede lo inevitable.