Aunque solo sea por la insistencia de los economistas académicos, el término “productividad” aparece de manera frecuente en discursos de múltiples agentes decisores en las sociedades actuales. Pero la distancia entre las palabras y la adopción de las políticas necesarias para impulsar esa productividad es no solo alarmante, sino creciente.
Como revela el gráfico adjunto, el avance de la producción por hora trabajada en la gran mayoría de países occidentales ha venido reduciéndose de manera sistemática durante el pasado medio siglo, hasta situarse por debajo del 1% anual, cifra paupérrima, desde la Gran Recesión.
Solo por centrarnos en el caso de la Unión Europea, ni unos costes de financiación en mínimos históricos, ni los cuantiosos fondos movilizados por el programa Next Generation de respuesta a la pandemia, ni el Informe Draghi, que ha concretado las políticas necesarias para rescatar la competitividad europea (con una aplicación de las propuestas contenidas en dicho Informe que apenas supera el 10% del total) han elevado un ápice esa tasa de crecimiento de la productividad. Incluso las economías más dinámicas en términos de crecimiento, por ejemplo la española, se apoyan en un modelo de incorporación de mano de obra (inmigración) en actividades de productividad inferior a la media.
A falta de voluntad política para adoptar esas decisiones, parece ahora confiarse en una radical transformación del sistema productivo derivada de la implementación generalizada de la Inteligencia Artificial (a la par que, potencialmente, otras tecnologías revolucionarias, como la computación cuántica) sobre el mismo. El nutrido grupo de tecno-optimistas estima que se producirán avances sin precedentes en la productividad por hora trabajada, permitiendo a la par reducir el tiempo dedicado al trabajo en beneficio del ocio, conduciendo a una mejora simultánea de la situación de empresas, trabajadores y sector público. Milagro parece un término apropiado para catalogar esta visión.
La mayor parte de economistas, por el contrario, con el premio Nobel Daron Acemoglu al frente, son (somos) más escépticos sobre cuál puede ser el salto en términos de productividad impulsado por estas nuevas tecnologías, al margen de las dudas sobre la bondad (y la posibilidad de adaptarse a los mismos) de los cambios que la materialización de la visión optimista sobre tales tecnologías comportará sobre el mercado laboral, las relaciones socioeconómicas (incluyendo, claro está, la distribución de la renta) o la concentración de poder en manos de quienes controlen las mismas. Este será, sin duda, uno de los debates (y los dilemas) más relevantes en Occidente en el futuro inmediato y más allá.