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A la espera del milagro de la IA

  • Última actualización
    05 diciembre 2025 05:20

Aunque solo sea por la insistencia de los economistas académicos, el término “productividad” aparece de manera frecuente en discursos de múltiples agentes decisores en las sociedades actuales. Pero la distancia entre las palabras y la adopción de las políticas necesarias para impulsar esa productividad es no solo alarmante, sino creciente.

Como revela el gráfico adjunto, el avance de la producción por hora trabajada en la gran mayoría de países occidentales ha venido reduciéndose de manera sistemática durante el pasado medio siglo, hasta situarse por debajo del 1% anual, cifra paupérrima, desde la Gran Recesión.

Solo por centrarnos en el caso de la Unión Europea, ni unos costes de financiación en mínimos históricos, ni los cuantiosos fondos movilizados por el programa Next Generation de respuesta a la pandemia, ni el Informe Draghi, que ha concretado las políticas necesarias para rescatar la competitividad europea (con una aplicación de las propuestas contenidas en dicho Informe que apenas supera el 10% del total) han elevado un ápice esa tasa de crecimiento de la productividad. Incluso las economías más dinámicas en términos de crecimiento, por ejemplo la española, se apoyan en un modelo de incorporación de mano de obra (inmigración) en actividades de productividad inferior a la media.

A falta de voluntad política para adoptar esas decisiones, parece ahora confiarse en una radical transformación del sistema productivo derivada de la implementación generalizada de la Inteligencia Artificial (a la par que, potencialmente, otras tecnologías revolucionarias, como la computación cuántica) sobre el mismo. El nutrido grupo de tecno-optimistas estima que se producirán avances sin precedentes en la productividad por hora trabajada, permitiendo a la par reducir el tiempo dedicado al trabajo en beneficio del ocio, conduciendo a una mejora simultánea de la situación de empresas, trabajadores y sector público. Milagro parece un término apropiado para catalogar esta visión.

La mayor parte de economistas, por el contrario, con el premio Nobel Daron Acemoglu al frente, son (somos) más escépticos sobre cuál puede ser el salto en términos de productividad impulsado por estas nuevas tecnologías, al margen de las dudas sobre la bondad (y la posibilidad de adaptarse a los mismos) de los cambios que la materialización de la visión optimista sobre tales tecnologías comportará sobre el mercado laboral, las relaciones socioeconómicas (incluyendo, claro está, la distribución de la renta) o la concentración de poder en manos de quienes controlen las mismas. Este será, sin duda, uno de los debates (y los dilemas) más relevantes en Occidente en el futuro inmediato y más allá.

¿Amenazan las criptomonedas la estabilidad financiera?

El mundo de los criptoactivos resulta de lo más variado, y su capacidad para crear fortunas y evaporarlas no deja de resultar atractiva como activo especulativo de última generación para colectivos que, por sentirse desfavorecidos o descontentos con sus rentas tradicionales entienden como razonable, sin ignorar sus riesgos, apostar por tal opción.

Cuando la administración Trump, su familia y su entorno empresarial, no precisamente de manera altruista, se transmutaron de severos opositores a mayores impulsores de lo “crypto”, desde las “memecoins” al ya casi veterano bitcoin, una nueva oleada de pasiones recorrieron el sector. Desde luego, resulta poco creíble que un activo que pierde el 32% de su valor en poco más de un mes pueda ejercer como dinero. Las clásicas funciones de éste, depósito de valor, unidad de cuenta y medio de cambio, no están al alcance del bitcoin.

Sin embargo, otro segmento de las criptomonedas, las “stablecoins”, han adquirido notoriedad en los últimos meses. Aunque su dimensión actual es limitada, el concepto tras las mismas, el de una criptomoneda respaldada por otros activos, las convierte en objeto de interés por parte de una administración estadounidense obsesionada con encontrar nuevas fuentes de demanda para los títulos del Tesoro. En efecto, aunque las “monedas estables” pueden satisfacer su requerimiento de respaldo íntegro mediante divisas varias, activos no monetarios - oro, por ejemplo - y hasta otras criptomonedas, en su mayoría (Tether, USD Coin...) están respaldadas por bonos del Tesoro estadounidense. Una significativa expansión de estas criptomonedas ayudaría a equilibrar la creciente oferta de deuda pública de los Estados Unidos, fruto del masivo y perenne déficit fiscal del país, que la administración Trump parece más cercana a agravar que a corregir.

En relación con el creciente interés en las criptomonedas (incluyendo un número en aumento de plataformas de negociación y la participación de grandes fondos de inversión y bancos tradicionales), empiezan a surgir dudas en dos ámbitos. La primera, la posibilidad de que, dada su volatilidad, constituyan una amenaza para la estabilidad financiera. Pero, al menos en la actualidad y en un futuro próximo, lo “crypto” sigue siendo un nicho de mercado muy específico. Como referencia, su dimensión total es inferior al volumen de deuda pública italiana, y no está imbricado con los segmentos más complejos y opacos de los mercados financieros, por lo que parece improbable que de este ámbito pueda derivarse una crisis financiera global.

Tema distinto es si un fuerte desarrollo de las “monedas estables”, con el dólar como activo de garantía, puede alterar el funcionamiento normal de la transmisión monetaria en el resto de los países, en la medida en que el activo que respaldaría esa moneda digital estaría controlado por la Reserva Federal, y no por el Banco Central nacional. Desde el BCE se ha apuntado ya a ese riesgo potencial. Se trata de una posibilidad remota a día de hoy, y no debiera ser en absoluto complicado desarrollar una regulación que impidiese esa distorsión, aunque ya se sabe que cualquier norma, en cualquier lugar del mundo, que no concuerde con los deseos de la administración Trump, puede suponer un porcentaje adicional de aranceles a discreción.

Señalado lo anterior, puede tener su relevancia que unas “monedas estables” apoyadas en el dólar crezcan lo suficiente y extiendan su papel entre los inversores, suponiendo un obstáculo para la progresiva implementación de las Monedas Digitales de los Bancos Centrales (el euro digital, por ejemplo) que, presumiblemente, no tardarán en convertirse en habituales.

Mi inevitable recuerdo anual

Y van 30. Esta vez, en Brasil, la trigésima Conferencia de las Partes (hasta el nombre es desafortunado) ha vuelto a reunir a decenas de miles de personas – que han dejado un nada desdeñable rastro de carbono para llegar hasta Manaos – para discutir sobre la financiación de la lucha contra el cambio climático, la conveniencia o no de definir una senda para la desaparición del uso de combustibles fósiles... y sobre dónde celebrar la siguiente cumbre, ante el interés de Turquía y Australia por organizarla (al final se hará en el país euroasiático con dirección australiana de las sesiones; ¡menos mal que al menos no han decidido realizar dos COPs al año!). Con la llegada al poder de la administración Trump, los países contrarios a acelerar el cambio en la estructura de generación energética global se encuentran más reforzados que nunca, y las COP no aportan soluciones a este problema de indudable transcendencia global. Para ser justos, conviene apuntar al menos tres avances de interés. Primero, los expertos brasileños asumirán el protagonismo en definir sendos programas de acción (para la descarbonización y para combatir la deforestación), que debería ser la forma de trabajar en este ámbito: una Secretaría permanente multinacional de expertos que elaborase líneas de progreso y las remitiesen a los países para, en un proceso iterativo, intentar perfilar acciones generalmente aceptadas. Extremadamente complejo, sí, pero se ahorraría dinero, contaminación y discusiones estériles. Segundo, aumenta el número de países e instituciones que apuestan por la energía nuclear (triplicar la capacidad actual hacia 2050 es el objetivo sugerido) tras el absurdo – solo en parte de Occidente – de renunciar a esta energía limpia. Tercero, por fin, además de la necesaria mitigación, aumenta el énfasis en la adaptación, es decir, en cómo mejorar la preparación ante las calamidades climáticas que, por mucho que se acelere la transformación verde, se seguirán produciendo, afectando cada vez a un mayor volumen de la población mundial. Escribiendo desde Valencia, resulta evidente los beneficios que la adaptación, aplicada desde hace tiempo, nos hubiera reportado hace algo más de un año.

Envenenando el comercio

La administración Trump se ha convertido en un obstáculo significativo para el normal desarrollo del comercio internacional, vía aranceles arbitrarios y cambiantes, y a través de fórmulas variadas de proteccionismo no arancelario.

Pero a medida que se conocen las cláusulas de los recientes acuerdos con diferentes países emergentes y en desarrollo, es evidente que no reparará en medios para sesgar el comercio en favor de sus intereses y dinamitar los principios básicos de la Organización Mundial de Comercio.

La incorporación de “píldoras envenenadas” en esos acuerdos permitiría a Estados Unidos romper lo acordado ante “amenazas para los intereses o la seguridad estadounidenses” de cualquier acuerdo al que el socio llegara con un tercer país. Dado que la interpretación de tal “píldora” es unilateral, se trata, expresado con claridad, de un mecanismo de extorsión sobre todo país afectado por este mecanismo que desee seguir comerciando con Estados Unidos.

Por más que se repita...

La Comisión Europea ha hecho notar su preocupación por la trayectoria presupuestaria de buena parte de los países de la Eurozona, alertando de serios riesgos para la sostenibilidad futura de las finanzas públicas de los mismos, dadas las “inmensas demandas” que se avecinan sobre las mismas.

Esa misma alarma han transmitido la Oficina Presupuestaria del Congreso de Estados Unidos y la Oficina de Responsabilidad Presupuestaria británica. Salvo en este último caso, que ha obligado al gobierno laborista a adoptar medidas de corrección, no parece que las administraciones occidentales sean conscientes de las implicaciones de esos desequilibrios fiscales. O, mejor expresado, son conocedores pero las ignoran.

La fórmula de la pasada década, en forma de intervención de los Bancos Centrales (véanse, por ejemplo, nuestras reflexiones del mes pasado al respecto), debe parecerles una buena vía de escape en caso de necesidad.

Se trata de una arriesgadísima apuesta.