El 29 de octubre la Reserva Federal redujo su tipo de interés de referencia en 25 puntos básicos por segunda vez consecutiva, en línea con lo anticipado en estas páginas. Más importante aún es que Jay Powell indicó que la restricción cuantitativa (es decir, la disminución del volumen de activos financieros, públicos y privados, en manos del Banco Central) concluirá el 1 de diciembre, por los temores a un presunto déficit de liquidez en los mercados. Recuerde el lector que, con la expansión cuantitativa del período 2008-2021, las autoridades monetarias occidentales adquirieron esos activos a cambio de inyectar inconmensurables cantidades de dinero en sus respectivas economías. Aunque formalmente esas operaciones, que cada vez más analistas consideran excesivas en dimensión y duración, se realizaron para mantener la transmisión monetaria y evitar la deflación, lo cierto es que financiaron casi sin límite los déficit públicos e inflaron los mercados, generando, entre otros problemas, un severo incremento en la desigualdad en la distribución de la riqueza y graves distorsiones en la financiación empresarial, sosteniendo proyectos sin viabilidad y dañando en el camino la productividad de las economías afectadas.
Lo interesante de la decisión de la Fed, que sin duda seguirán otros BCs todavía embarcados en esa restricción cuantitativa, es que la reversión de la expansión monetaria concluye mucho antes de la normalización de la política, si entendemos como tal retornar a parámetros parecidos a los de los años previos a la Gran Recesión. Como muestra el gráfico superior, el balance de los Bancos Centrales (los activos que acumulan) entre triplican y sextuplican los de principios de siglo (y esos valores tienen en cuenta el crecimiento del PIB en los años transcurridos). Añadan a ello que los tipos de interés reales apenas alcanzan valores positivos (son claramente negativos en Japón), salvo en Estados Unidos. Y, en este caso, van a seguir reduciéndose, con el tipo de la Fed descendiendo mientras la inflación no lo hace.
Aunque hoy en día parezca normal que invertir sin riesgo apenas compense la inflación o que los bancos centrales exhiban balances que suponen el 30%, el 40% y hasta más del 100% del PIB (Japón, Suiza), no debiera considerarse con esa normalidad. Así que no debe sorprender a nadie que, con tal laxitud monetaria perpetua, los activos de moda (inteligencia artificial), los de alto riesgo, y también los que pretenden cubrir al inversor contra la posibilidad de que los mercados entren en pánico por los niveles alcanzados, muestren exuberantes valoraciones.