La idea de que China no puede ser el único lugar de fabricación para muchos de los productos que consume la industria del mundo ya está encima de la mesa, formulada y a la espera de que administraciones y empresas inicien el camino.
Hoy por hoy, nadie se atreve a ponerle el cascabel al gato, a pesar de que países como Vietnam, Malasia, India, y las regiones de Europa del Este, norte de África y Latinoamérica podrían ser las alternativas al poderío chino.
La teoría que envuelve a esa relocalización no tiene mal sonido, e incluso ya hay algunos “virtuosos” que están empezando a desarrollar -siempre sobre el papel- las nuevas cadenas de suministro. En un mapa, los puntos de producción estarían más próximos al destino final, lo que redundaría en la reducción de los tiempos de tránsito y en la posibilidad de buscar transportes alternativos al buque o al avión -sobre todo la carretera o el ferrocarril- si éstos entran en crisis.
Consecuentemente, habría un descenso de las importaciones si se materializa una apuesta por fomentar la producción nacional de ciertos productos, lo que conllevaría una reorientación de parte de la industria del país de origen, sumado asimismo a un ratio positivo tanto en la balanza de pagos como en la comercial.
Otra variable es el aumento de stocks con los que absorber los shocks en las cadenas de suministro, que en la última crisis se han demostrado harto frágiles para soportar los vaivenes de la capacidad global de producción.
Sin embargo, esta teorización se da de bruces con la realidad. Como ha quedado claro, la relocalización es una decisión estratégica a largo plazo, por lo que su implementación inmediata es imposible.
Asimismo, cambiar la determinación de los costes y la importancia de las grandes infraestructuras y las cadenas de suministro internacionales se antoja muy complicado debido al potencial chino y a la desconexión de buena parte de esas ubicaciones alternativas de esas cadenas de valor.La experiencia ha demostrado, además, que la reorientación de parte de la industria de un país hacia la producción en masa de ciertos bienes ha sido más un movimiento de “economía de guerra” que una transformación real, y que el cuestionamiento del “just in time” -con el consecuentemente aumento de stocks-, se puede dar en ciertos sectores, pero no de forma general.
La experiencia ha demostrado que la reorientación de parte de la industria de un país hacia la producción en masa de ciertos bienes ha sido más un movimiento de “economía de guerra” que una transformación real