Desde el inicio de los bombardeos en Irán, hemos visto y padecido un aumento de la inestabilidad en la navegación internacional, afectando muy seriamente la seguridad de las cadenas de suministro. El doble cierre del estrecho de Ormuz, primero por Irán, luego por Estados Unidos, ha disparado los precios del petróleo y del gas, además de poner en alerta a las economías del mundo, por una probable falta de combustible si prosigue el conflicto.
Las monarquías del Golfo, que se habían erigido como importantes centros de negocio y de turismo, en gran parte por su estabilidad política y riqueza económica, han visto como de la noche a la mañana su status quo ha cambiado, su petróleo ya no puede transportarse, y su entrada de divisas se ha frenado en seco.
En medio de este grave escenario de inestabilidad, se confirman a diario descensos en las expectativas de crecimiento, aumentos de precios, interrupción y afectación de las cadenas de suministro, y el temor que nos causa una probable recesión. En medio de todo esto, parece que la seguridad y el bienestar de unos trabajadores no sea un tema por el que se preocupen los responsables de este desaguisado.
La Organización Marítima Internacional estima en unas 20.000 las tripulaciones que están retenidas en el Golfo Pérsico, muchas de ellas desde hace varias semanas. Se estima que unas 2.000 las embarcaciones de diversos tamaños y tipos, que están a la espera de poder proseguir su viaje, muchas de ellas han visto volar misiles sobre sus cabezas, y desde el inicio del conflicto se ha producido la muerte de al menos 10 marinos, por ataques directos a sus buques. En muchos de estos buques hay falta de agua, comida y medicamentos, aunque lo más grave sea el no saber cuando van a poder salir del encierro operativo y continuar con su trabajo. Esta situación choca frontalmente con los derechos recogidos en el Maritime Labour Convention.
