El amoniaco es una materia prima esencial para la producción de fertilizantes y, por tanto, para la agricultura moderna. Descarbonizar este sector requiere sustituir el actual amoniaco gris por amoniaco renovable. Pero su potencial no se limita al ámbito agrícola: el amoniaco renovable está ganando protagonismo como vector energético clave en la transición hacia un modelo energético limpio, gracias a su papel en el almacenamiento, transporte y uso del hidrógeno verde, así como en su aplicación directa como combustible.
El transporte marítimo representa el 2,9% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, según datos del Ministerio para la Transición Ecológica . No obstante, se prevé que las emisiones del transporte marítimo aumenten un 35% para 2050, si no se adoptan medidas urgentes . Asimismo, la ONU estima que el transporte marítimo gestiona aproximadamente el 80% del comercio mundial por volumen , lo que acentúa su relevancia económica. Por tanto, es fundamental reducir su impacto ambiental.
La electrificación del transporte marítimo resulta compleja con la tecnología actual, ya que los buques requieren enormes cantidades de energía para recorrer largas distancias sin escalas, algo que las baterías actuales no pueden proporcionar. Electrificar un buque implicaría instalar sistemas de baterías tan voluminosos y pesados que reducirían drásticamente su capacidad de carga. Además, exigiría una infraestructura portuaria de recarga inexistente.
Ante este escenario, los combustibles renovables surgen como alternativa viable. El hidrógeno verde es una opción, pero el amoniaco ofrece ventajas significativas: se mantiene líquido a temperaturas mucho menos extremas (-33ºC frente a los -253 ºC del hidrógeno), lo que simplifica su almacenamiento y transporte; además, presenta una densidad energética por volumen muy superior, lo que permite transportar más energía en menos espacio.