Comparto gran parte de mi vida con mi esposa Ana. Nos casamos en 1958. Estamos unidos desde hace 68 años. Puedo asegurar que es el mejor “negocio” que he realizado nunca. Me enamoré de ella viéndola jugar al tenis en el chalé de un amigo común.
En los altibajos de la vida siempre he encontrado una persona que me ayuda, con discreción, siempre con sonrisa, dándome ánimo. Cuando yo le cuento cómo “me ha ido el día” ella me escucha atentamente y recuerda muy bien los temas que le he comentado. Días después me pregunta por la resolución de estos. Muchas veces le pido o me da sus opiniones y acierta plenamente...
Todos los días nada más levantarse, hace veintidós minutos de gimnasia.
Trabaja en las tareas del hogar. Que son mucho más duras de lo que puedan aparentar. Yo la observo que no para nunca hasta muy tarde, para poder ver el último telediario antes de acostarnos.
Tener una mujer así a tu lado te da gran seguridad en tu vida. Debido a mis grandes ausencias por el trabajo la educación de mis dos hijos Miguel y Ana María ha corrido mayormente a cargo de Ana. Tenemos dos hijos extraordinarios fruto mayormente del esfuerzo de Ana en educarlos. Los dos conocen y saben distinguir muy bien lo que está bien de lo que está mal. Los dos ya han dejado huellas imborrables en sus vidas. Todo esto gracias a la constante atención que puso Ana para educarlos correctamente desde muy jóvenes. La verdad es que Ana y yo nos sentimos muy muy orgullosos de los dos.
Miguel eligió la docencia y se ha jubilado dejando un extraordinario recuerdo entre todos los que fueron sus alumnos. De madrugada, cuántas veces creí que se había dormido con la luz encendida y cuando iba a su habitación me lo encontraba sentado en la cama, leyendo...
Ana María de muy pequeñita no paraba de bailar. Ana y yo siempre decíamos: “Será bailarina”. Y así fue. Se hizo profesora de ballet. Montó su propia academia y fue muy feliz hasta que su salud se vio afectada y tuvo que retirarse de dar clases.
Ella es el “mejor negocio” de mi vida
Cuando yo comentaba con Ana mi tristeza por no poder dedicar más tiempo a la educación de mis dos hijos, Ana siempre me decía que los dos captaban muy bien el esfuerzo que yo hacía diariamente en el trabajo. Y esto también era una buena educación. Ana me consolaba y ella se bastaba para las labores del hogar más la importante misión de educar perfectamente a nuestros dos hijos.
Hoy nuestros hijos ya se casaron felizmente y han formado sus respectivas familias. Ana y yo ya tenemos nietos... ¡y bisnietos!
Ana también me ha acompañado en los viajes largos que he tenido que hacer: varios a Sudáfrica, Nueva Orleans, Nueva York, Londres, Glasgow...
Ahora cuando los años inexorablemente se me van acumulando, me aparece una Ana que se vuelca todavía más conmigo por si necesito algo... que está muy atenta a lo que yo pueda requerir, aunque no le haya pedido nada.
Se adelanta a mis posibles necesidades. Está “demasiado” pendiente de mí. Cuando le digo que quizás exagera, siempre me contesta que lo hace “porque me quiere mucho” y sigue dándome besos.
Todos los días se arregla muy bien, aunque no tengamos que salir ni recibir a nadie. Gente que la conoce me dice que tengo una esposa que siempre “va muy elegante”. Doy fe de ello.
Trata a todos con la mayor atención y delicadeza. Siempre da las gracias por todo. Nunca levanta la voz. Nunca la escucho hablar mal de nadie. Y si lo hago yo, trata de justificar la conducta del otro antes de aceptar mi crítica. Siempre perdona.
No creo que haya mejor complemento para un hombre que una mujer. Incluso en los momentos de criterios diferentes siempre tiene que ceder uno u otro. Al poco tiempo esa “diferencia” desaparece.
Como he dicho al principio, Ana es el “mejor negocio” de mi vida. Nos hemos encontrado de muy jóvenes y entre ambos hemos construido durante muchos años, una fortaleza inexpugnable por otros.
Nos queremos tanto que no necesitamos nada más que mantener nuestro amor como el primer día... Es suficiente.