Me he asomado a la foto que de la Tierra ha difundido la NASA -firmada por el comandante Wiseman, al mando de la misión Artemis II- con la única intención de buscarme afanado en el jardín de mi retiro de Semana Santa, y me he sentido como Antoine de Saint-Exupery a los mandos de su Breguet XIV de camino a Casablanca.
Los bocetos descubiertos en Suiza en 2019 revelan que el primer dibujo que garabateó el autor de “Vuelo Nocturno” para ilustrar “El Principito” no fue el rostro del niño, ni siquiera el elefante y la boa y mucho menos el perfil de un avión. El primer diseño que aparece es un mercante sobre las olas del mar, con la chimenea humeante y la proa y la popa equidistantes. El color de ese mar es el gris del papel de correo aéreo usado para los bocetos por Saint-Exupery, tan diferente al azul sobre el que pintó tantas estelas y que aparece sobrecogedor en la imagen del comandante Wiseman, aunque en ese instante y en esa cara de la Tierra fuera de noche, si bien la ISO de la cámara del astronauta fue capaz de rescatar toda su esencia.
Pese a la altísima resolución de la imagen y por mucho que la ampliemos, no se distinguen aviones ni por supuesto barcos y tampoco sus estelas y, como comprenderán, ni se ve a servidor, ni mi retiro ni nada que se le parezca...
...pero yo estoy ahí, se lo aseguro, y también todos ustedes y todos sus quehaceres. Todos estamos pero sin estar, porque ese es el sino cuando se asciende a lo más alto y, como relataba Saint-Exupery, descubres que todo se para, que todo queda detenido, que desde el aire, que desde el espacio, la vida, la única que conocemos y la única en la que nos reconocemos, no fluye, se congela, inmóvil, eterna, y todo el fragor, toda la agitación, toda la actividad, todo el movimiento, toda la movilidad, toda la logística es allá abajo a los ojos de la inmensidad interestelar la insignificancia del espacio detenido, tan desconcertantemente relativo.