Un lunes de febrero por la tarde-noche el plan se limita a terminar la jornada laboral, dejar que el día se apague sin sobresaltos y hundir el culo en el sofá, con el mando a distancia apuntando a un Deportivo Alavés-Girona o a un Cádiz–Real Sociedad B, a falta de mayores emociones. Pero, a veces, los lunes te regalan un giro de guión inesperado. Y en lugar de verte recostado en el sofá de casa, te sorprendes viéndote sentado en la butaca de un cine, en este caso la Sala BBK, el antiguo Gran Vía de Bilbao, en la inauguración de un ciclo de cine italiano llamado Zinecittà, con la proyección de “Il ritorno di Maciste”. De Bilbao a Génova. Del sofá al muelle. Sin escalas.
La sesión formaba parte de Regata Culturale, un proyecto nacido hace dos años por impulso de Manuela Boni y Davide Falteri, presidente también de Federlogistica, en colaboración con la Región de Liguria y la Cámara de Comercio de Génova, con el objetivo de fortalecer el vínculo entre Génova y el mar, potenciar su identidad cultural y proyectarla en alianzas estratégicas, en este caso con Bilbao, su puerto y el País Vasco.
Por la mañana se habló de logística, de colaboración interportuaria, del eje Atlántico-Mediterráneo. Más que tráficos y estadísticas, el Puerto de Bilbao y el Puerto de Génova comparten ADN. Son ciudades que crecieron mirando al agua y forjaron su identidad desde el muelle. Los puertos de Bilbao y Génova son más que infraestructuras. Son columnas vertebrales económicas, nudos logísticos y focos de cultura marítima.
Pero el lunes se habló también de personas. Y ahí apareció él: Bartolomeo Pagano. Antes de ser Maciste, Bertumé, en dialecto genovés, fue “camallo”, estibador del Puerto de Génova. Espalda ancha, manos curtidas, fuerte y corpulento, “hermoso como una estatua”. Hace más de cien años, ser “camallo” era pertenecer a una aristocracia del esfuerzo físico: hombres seleccionados por su fortaleza, organizados en corporaciones, orgullosos de un oficio tan duro como imprescindible. Cargaban y descargaban sacos, barriles, fardos... Sostenían el comercio y, sin saberlo, también el relato de su ciudad.
El cine lo encontró por casualidad en 1913 en un muelle genovés en los preparativos de la película “Cabiria”. Necesitaban un cuerpo hercúleo y encontraron algo más: una presencia. Maciste nació así como un personaje secundario y terminó convertido en héroe popular. Fuerte y noble. Un justiciero sin arrogancia. Un trabajador que, en pantalla, defendía a los débiles con la misma naturalidad con la que en el muelle levantaba un fardo.
Eso es lo que emociona del documental proyectado en Bilbao: que bajo el mito queda el hombre. Bartolomeo Pagano siempre se mostró orgulloso de su origen. No impostó una biografía. Siguió siendo, en esencia, un “camallo” que cambió el muelle por el plató. Y en una época en la que el cine mudo necesitaba gestos, él aportó su verdad, física y espiritual.
La figura del estibador ha cambiado. La logística es digital, las grúas automatizadas y los puertos plataformas tecnológicas. La percepción popular del “camallo” ya no es la del forzudo de camisa arremangada. Y, sin embargo, el trabajo sigue siendo duro. Quizá por eso tenía lógica que Bilbao acogiera “Il ritorno di Maciste”. Porque más allá del hecho cinematográfico, el lunes fue un homenaje compartido. A Pagano. A los muelles de Génova. A los de Bilbao. A todos los estibadores que sostienen el comercio global sin figurar en los carteles.
El eje Atlántico–Mediterráneo no es solo una línea en un mapa logístico. Es una corriente de historias. Y en una de ellas, hace más de un siglo, un “camallo” genovés levantó un saco y terminó levantando un mito. Maciste fue el héroe. Pero Bartolomeo Pagano fue, y sigue siendo, el muelle.