No es la primera vez que la Comisión Europea nos transmite cierta sensación de que entran en nuestros asuntos logísticos como caballo en cacharrería. Con eso, de entrada tan malsonante, de “investigar” la propuesta de adquisición del control conjunto de Terminal de Catalunya (TERCAT) por parte de Terminal Investment Holding (TiL) y Hutchison Ports, volvemos a reverdecer una sensación de que vienen de fuera, de muy fuera, a meterse en nuestros más internos y especializados temas, sin los conocimientos y los fundamentos profundos que serían exigibles.
Vuelven a escribir dictámenes con rotuladores de trazo grueso. Tanto que los que estamos cada día en estos de los puertos y la logística, nos preguntamos si realmente saben de lo que hablan. Puede ser que estén en el camino correcto al “investigar” la citada operación. Que yo no digo que no. Lo que volvemos a echar de menos es saber quién hay detrás de estos dictámenes, de estos pareceres y criterios. Quién son, cuáles son sus normas, si lo son para todos, si son siempre las mismas.
Tanto con la Comisión Nacional de los Mercados y de la Competencia como con la Comisión Europea, tenemos la sensación de estar jugando al sorpresa sorpresa. Nunca sabes por dónde te van a salir.
Nos queda un poso de sospecha de que igual tocan de oído, que igual no saben de qué va este sector.
Y es que los antecedentes no llaman a la confianza. Si te reúnes mil veces durante años, para hablar de tarifas o de normas de funcionamiento, y no pasa nada, eso no significa que cualquier día te vengan a decir que tienes una multa de millones de euros por sentarte a hablar de cómo hacer mejor las cosas. Por la misma regla de tres, tenemos encima de la mesa la norma esta de pagar por escalar en puertos europeos en función de la muy mucha contaminación que generan los barcos solo si escalan en la UE. Si escalan en Inglaterra o en África, miren por dónde, ya no contaminan el planeta.
Uno puede llegar a pensar que estos señores deben ser gente especialmente preparada, sabia, intelectual, con estudios y todo eso, aunque nos queda un poso de sospecha de que igual tocan de oído, que igual no saben de qué va este sector, que les han encargado meterse en este jardín como les podían haber destinado a otro. Lo peor es que cuando conocimos a uno de estos señores en una jornada sobre esto de los pagos por emisiones contaminantes, nuestra sospecha de que puede que sean algo limitados quedó confirmada.
Pánico da que, quienes pueden llegar a decidir sobre el futuro de los movimientos empresariales en nuestro sector, no tengan el conocimiento profundo y exhaustivo que parece lógico exigir a quien puede dar el visto bueno a movimientos de tanta importancia como la entrada o salida del accionariado de una de las terminales más importantes del Mediterráneo.
Estaría bien que el departamento que puede decidir sobre estos movimientos empresariales fuera conocido en todos sus extremos, componentes y normas. Estaría bien, insisto, que lo que se quiere aplicar en este caso se hubiera aplicado igual en el pasado y se aplicara igual en el futuro. Tener certidumbre es imprescindible para la economía. En cambio, lo que tenemos ahora es... emoción asegurada. Entes abstractos con parámetros cambiantes y casi desconocidos pueden decidir que hoy una fusión o adquisición está mal, cuando ayer o antes de ayer, otras iguales o similares estaban bien.
La economía requiere marcos normativos sólidos, que garanticen que los años de preparación de un movimiento empresarial a gran escala no van a servir de nada porque unos señores ajenos al particular mundo logístico así lo han decidido.