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Cae la verja, pero el tren sigue sin llegar

  • Última actualización
    20 julio 2026 05:20

El pasado miércoles 15 de julio cayó físicamente la verja de Gibraltar. Un día antes se había firmado en Bruselas el Tratado que la desmantela; hubo celebraciones en el Peñón y el propio presidente del Gobierno acudió a presenciar el derribo. Ciento diecisiete años después de que se levantara, en 1909, la frontera más fotografiada de Europa se convirtió en escombro. Y sin embargo, mientras se demolía la verja, la línea Algeciras-Bobadilla sigue teniendo los mismos tramos sin duplicar, la misma electrificación incompleta y el mismo trazado que arrastra retrasos de origen que superan ya el siglo.

Conviene no confundir el símbolo con la estructura.

El Tratado, que entró en aplicación provisional ese mismo 15 de julio -pendiente aún de ratificación por el Parlamento Europeo, previsiblemente en diciembre, y después por el británico-, tiene, sin duda, un enorme valor político y humano. Pone fin a las colas interminables de los más de quince mil trabajadores que cruzan cada día entre La Línea y Gibraltar. Abre la puerta a vuelos directos entre el Peñón y destinos europeos. Y da, por fin, certidumbre jurídica a una relación que durante años vivió a golpe de crisis diplomática.

Pero quien lea el Tratado con detenimiento encontrará algo que no ha ocupado titulares: la verja no desaparece, se desplaza. Los controles fronterizos se trasladan al puerto y al aeropuerto de Gibraltar, con un doble filtro -gibraltareño y español- calcado del modelo que ya funciona en la estación londinense de St. Pancras para los viajeros que cruzan el Canal hacia Francia. Es, como reconoce un alto funcionario europeo, una ficción jurídica: la frontera exterior Schengen se sitúa en un lugar que no forma parte propiamente del territorio Schengen. Habrá menos verja visible, pero seguirá habiendo frontera.

Además, Gibraltar deberá subir su impuesto indirecto equivalente al IVA del 3% actual a un mínimo del 15% desde el mismo momento de la entrada en vigor del Tratado, con convergencia plena en tres años. Esa asimetría fiscal que durante décadas alimentó buena parte del dinamismo comercial transfronterizo empieza, por tanto, a corregirse por mandato del propio acuerdo. Dicho de otro modo: el “efecto llamada” económico del Peñón hacia el Campo de Gibraltar se va a moderar estructuralmente en los próximos años, justo cuando más se necesitaría un motor propio de crecimiento.

Y ahí es donde el argumento se vuelve incómodo para el relato fácil. Porque si el objetivo es el desarrollo del Campo de Gibraltar en las próximas décadas —y no solo la foto de la demolición—, la prioridad más urgente y de mayor impacto estructural no es la verja: son las infraestructuras.

La prioridad más urgente y de mayor impacto estructural no es la verja: son las infraestructuras

El Puerto de Algeciras es uno de los mayores de Europa, pero su conexión ferroviaria con el interior sigue siendo insuficiente para competir en igualdad de condiciones. La modernización de la línea Algeciras-Bobadilla, la duplicación de los tramos donde sea viable, la electrificación completa y el aumento de capacidad no son un capricho técnico: son la condición para que el puerto, la industria y el empleo de toda la comarca puedan competir con Tánger Med y con los grandes puertos del norte de Europa.

Lo mismo cabe decir de la mejora de la A-7 y la A-381, y de unos accesos logísticos que hoy encarecen cada operación.

Estas inversiones, a diferencia de la verja, benefician a los ocho municipios del Campo de Gibraltar con independencia de cómo evolucione el contencioso sobre el Peñón.

No dependen de Londres, ni de Bruselas, ni de un Parlamento Europeo que aún tiene que pronunciarse. Dependen, sobre todo, de que Madrid y la Junta de Andalucía decidan que esta comarca deje de ser la última pieza del mapa ferroviario español.

Nada de esto es incompatible, conviene decirlo. Si el Tratado se consolida y la movilidad entre España y Gibraltar aumenta como se prevé, unas infraestructuras modernas serán todavía más necesarias, no menos. De poco sirve una frontera más fluida si, nada más cruzarla, el tráfico se estrella contra una A-7 saturada o un tren que circula a la misma velocidad que hace cuarenta años.

Hay un dicho gallego que mi abuela repetía y que viene aquí como anillo al dedo: “Non hai atallo sen traballo” (no hay atajo sin trabajo). La caída de la verja es, en el mejor de los casos, un atajo simbólico. El trabajo -el ferrocarril, la carretera, la plataforma logística- sigue pendiente. Y una región bien conectada estará en mejores condiciones de aprovechar cualquier beneficio que traiga la nueva era anunciada días atrás en Bruselas.

Sin esa base, el riesgo real es que esas oportunidades acaben aterrizando en otros territorios que sí hicieron los deberes a tiempo.

Ya cayó la verja. Que no caiga también, por enésima vez, la oportunidad de exigir lo que de verdad necesita el Campo de Gibraltar.