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Con la aguja en el tope

  • Última actualización
    18 febrero 2026 05:20

En una de las navegaciones durante mi servicio militar en el dragaminas “Tinto”, observé que un domingo recalábamos en cabo San Antonio y seguíamos barajando la costa, rumbo norte.

Pensé que mi novia Ana estaría en Denia, quizás bañándose en el Gosset de Las Rotas. Conocía nuestro dragaminas y podría vernos... y yo desde el puente con los prismáticos quizás podría verla. Pero cuando eran las 12 horas, estábamos en alta mar ¡muy lejos del cabo San Antonio!

El 2º comandante estaba muy nervioso y el comandante más. Llamó al 2º maquinista, que era el responsable de la electrónica, y le dio orden de revisar todo, pues se interpretó que había sido un extraño fallo de la misma. Cambiamos el rumbo y al final recalamos en el Cabo San Antonio, pero a las cuatro de la tarde. Moncho me vio tan disgustado que muy confidencialmente me explicó que cuando yo le cedí el timón a él y le dije en voz alta el rumbo 60º, él se despistó y estuvo llevando gran parte de su guardia de dos horas al rumbo 70º.

El 2º maquinista se pasó mucho tiempo repasando toda la electrónica de a bordo sin encontrar nada raro.

También recuerdo que en un ejercicio de la flota en el mar Balear aumentaba el viento de poniente. Al final del día, se nos ordenó a toda la flota que íbamos a pasar la noche fondeados en la bahía de San Antonio de Ibiza.

Moncho y yo comentamos discretamente que entendíamos que era un error, pues el viento iba a más. Fondeamos con los barcos demasiado juntos. A las cuatro de la madrugada comenzó a garrear nuestra ancla y como otros barcos también estaban teniendo problemas recibimos la orden del “Vulcano” de salir todos y navegar en fila a un rumbo norte. Nuestro barco como era el más pequeño, iba el último.

“Está bien, pero que sea usted quien le pida permiso al ‘Vulcano’ para cambiar el rumbo”

Había mucha mar de poniente. Empezamos a dar enormes bandazos. A mi me tocó de retén y el comandante me gritó: “Roca, ¿cuántos grados marca el clinómetro?”

Yo le contesté: “Mi comandante, no se lo puedo decir porque la aguja da en el tope, tanto cuando caemos a estribor como cuando recuperamos a babor”.

Los bandazos eran enormes. Nuestro barco por ser un dragaminas no tenía casi quilla. Se empezaron a romper cosas. En el cuarto de derrota todo el armario donde teníamos ordenadas las banderas se vino abajo. Por increíble que parezca, el palo de mesana rompió los obenques y se la llevó la mar. El jefe de máquinas subió como pudo al puente y le dijo al comandante que la caldera de babor se había apagado pues de los golpes de mar le había entrado gran cantidad de agua por los respiraderos de cubierta que la mar había roto.

A duras penas podíamos mantener la velocidad ordenada con una sola caldera. Se entabló una gran discusión entre el comandante que quería seguir el rumbo ordenado y el 2º que decía que no podíamos seguir a dicho rumbo. El 2º le recordó al comandante que un barco gemelo al nuestro, el “Guadalete”, se hundió en el Estrecho de Gibraltar por seguir el rumbo de una orden dada desde Madrid. El comandante, después de un largo silencio, recapacitó y le dijo al 2º: “Está bien, pero que sea usted como oficial de derrota quien le pida permiso al ‘Vulcano’ para que podamos cambiar el rumbo”.

El 2º habló por radio con el “Vulcano”, que era el que dirigía el ejercicio y le explicó nuestra difícil situación. Le contestaron que por supuesto nos saliéramos de la formación, que capeáramos o incluso mejor podíamos proceder por la costa norte a Ibiza. Así acabó esta horrible singladura. Tuvimos que estar en Cartagena reparando averías varias semanas.

Pasó el tiempo y llegó el final de mi servicio militar. Con el documento de “licencia” en el bolsillo, el 2º comandante tuvo una conversación distendida conmigo. Comprendí que no estaba al día de lo que la tripulación soportaba a bordo bajo las órdenes de los cabos primeros, segundos y suboficiales. Le informé de todo.

En aquel momento llegó el cabo de compras con una bandeja la mar de aseada con la comida de “prueba” para que el 2º comandante la probara y diera el conforme. Me dijo: “Roca, por lo menos no te quejarás de la comida que has comido a bordo”. Yo le contesté: “¿Pero usted se cree que la ‘comida’ que el cabo de compras le trae para prueba es la que comemos la tripulación? ¡Ni mucho menos!”.

Se quedó callado, muy serio y finalmente me dijo que agradecía todos los defectos que yo le había enumerado.

Y aquí se acabó mi servicio militar a bordo del dragaminas “Tinto”, en enero de 1956.

No se me olvida.

“¿Usted se cree que la ‘comida’ que el cabo de compras le trae para prueba es la que comemos la tripulación?”