Si aún no han tenido oportunidad, les invito a leer la tribuna que el lunes Arturo Pérez-Reverte publicó en el diario El Mundo bajo el título de “Por qué ni fija, ni limpia, ni da esplendor”, en el que realiza una extensa y argumentada crítica contra el funcionamiento de la Real Academia Española, pues a su juicio “crece la impresión de que la RAE ha dejado de ejercer, incluso renuncia deliberadamente a ello, su papel normativo y cultural con la claridad, coherencia y autoridad que su antiguo lema sugería”.
El foco de la polémica lo resumía ayer Álvaro Pombo: “Existe la contraposición clara entre decantarse por el uso o hacerlo por la norma” y la RAE “se ha decantado por el uso frente a la norma”.
El debate, créanme, afecta al mundo logístico y ninguna atalaya es más adecuada que este Diario para vislumbrar el reto al que sometemos a la lengua española para hablar de un sector repleto de neologismos, extranjerismos, acrónimos y palabros de reciente o arraigado uso en disciplinas de respetada y tradicional generación de vocablos, como puede ser la mar, pero, a la vez, expuesto por su globalidad a engendros, barbarismos o, directamente, barbaridades.
Ante este espejo enfrentamos diariamente el reto de describir y transcribir hechos y opiniones y, desde nuestra singular modestia, lidiamos con eso de lo que alertan Pérez-Reverte y Álvaro Pombo de, o bien consagrar el uso que el “mercado logístico” hace de determinadas referencias, o bien remitirnos a la norma... cuando la hay.
La norma puede ser el referente en el lenguaje logístico, pero se ve sobrepasada por el uso
Deben saber que esa es siempre nuestra prioridad como medio en el uso del lenguaje logístico, la norma, y por tanto defendemos el uso de las palabras logísticas tal y como las recoge la RAE en su Diccionario. Ahora bien, son tantas las especificidades de este sector que muchos vocablos no encuentran respaldo social para su reconocimiento. Por otra parte, y volvemos al tema del uso y la norma, la logística discurre a una enorme velocidad, la misma que su lenguaje, y la norma no puede nunca seguir su ritmo. Hay acciones logísticas, situaciones descriptivas, instrumentos o nuevas realidades que necesitan ser verbalizadas e incluso inventadas.
Por si esto fuera poco, aun cuando la norma existe y es clara, se hace a veces complejo apostar desde este medio por determinados usos, ante el riesgo de ser considerados por los lectores o bien pedantes, o bien naífs o directamente indocumentados.
En definitiva, la norma puede ser el referente en el lenguaje logístico, pero diariamente se ve sobrepasada por el uso, aún más si cabe cuando entran en juego las reglas del periodismo, esas que buscan la economía de palabras en los titulares. Y, por cierto, del tsunami de las redes sociales y de lo que comportan para el lenguaje, ni hablamos.
A partir de aquí, podrán vislumbrar nuestro reto diario de apostar sin dudarlo por determinados usos, de normalizar sin complejos otros muchos, de pelear por la aceptación de algunos y de rendirnos ante determinados conceptos para los que no hay solución.
Por eso mismo, usamos sin cuestionamiento tráiler y su plural tráileres, tal y como marca la RAE y, por tanto, aceptamos el reto y defendemos duotráiler y duotráileres, aunque eso no esté en ningún diccionario. El mismo caso con la palabra palé y el rechazo de pallet o palet, aun cuando estas dos sean sectorialmente mucho más usadas y todo el mundo las entiende, pero permítannos que nos creamos a pie juntillas lo del “dar esplendor” que tan bien explica en su artículo Arturo Pérez-Reverte.
En este sentido, no renunciamos a la vocación de servir de ejemplo y crear tendencia lingüística sectorial como líderes de opinión, generalizando el uso de determinados términos. El mejor ejemplo de este tipo de acciones lo vemos en como la SPC-Spain ha logrado en los últimos años desterrar el trabalenguas del “short sea shipping”, imponiéndose el “transporte marítimo de corta distancia”, cuyas siglas “TMCD” incluso son capaces ya de pelear de tú a tú en los titulares con el socorrido “SSS”. Eso sí, cualquier académico nos diría que por qué inventamos semejante frase cuando teníamos “cabotaje”, pero no es cuestión de entrar a debatir sobre los elementos diferenciadores del TMCD, que justifican plenamente su uso.
En esta misma corriente, la RAE reconoce “intermodal”, pero nada dice de “intermodalidad” y muchos menos de “comodalidad” o “sincromodalidad”, pero el uso no espera a la norma.
Otro ejemplo es la palabra “contenerización”, por la que apuesta este medio y cuyo uso es generalizado, aunque en verdad tendría más sentido que hubiera sido derrotada por su versión de raíz inglesa, “containerización, o por la de raíz española, “contenedorización”, dos términos también utilizados. Aunque para uso el de “ferry”, incapaz de imponerse al reconocido “ferri”, mientras nadie nos compra que en su lugar digamos la bellísima “transbordador”.
Y de los vocablos imposible, qué decir. Nos rendimos con “reach stacker”, por ejemplo, pero es que es mucho más que una simple grúa móvil. Es la logística, son sus matices. Seguiremos contribuyendo a “fijar” su lenguaje.