Recuerdo que uno de los primeros cruceros que consignamos fue el “Topaz”. Lo llevaba yo personalmente en mi oficina ayudado por mi secretaria, Sara.
Durante todo el día tuvimos mucho trabajo atendiendo al crucero. Pasó de todo. Estaba atracado en el muelle Sur y a la hora en punto de su salida estábamos Sara y yo sobre muelle. Cuando comenzó la maniobra de desatraque recuerdo que Sara me dijo: “¡Por fin! Se va” ... Pero yo observé que el buque se había separado del muelle, tenía “proa afuera” pero no daba “avante” Yo pensé que algo pasaba. Efectivamente, ante nuestro asombro el barco volvió a atracar, aunque dando cabos ligeros a proa y popa, pusieron una escala provisional. Bajó el primer oficial y el médico y nos dijeron que había que desembarcar a un matrimonio inglés porque ella se había caído y tenía una pierna muy mal... Así se hizo. Tuvimos que llamar a la ambulancia para llevarla a un hospital y que la curaran detenidamente. Les conseguimos hotel. En los días siguientes nos dieron bastante trabajo con respecto a quien pagaba el hospital, el hotel y los pasajes de vuelta al Reino Unido. Finalmente se fueron.
Le dije a Sara: no podemos “cantar victoria” hasta que todo realmente finaliza.
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Hace muchos, muchos años, en la época de la carga general suelta, cuando el iempo amenazaba lluvia, era muy problemático ordenar “manos” para trabajar, ya que las “manos” eran de muchos portuarios y si no podías trabajar por lluvia había que abonarles el mínimo sin haber cargado nada. Sin embargo, las empresas estibadoras y los capataces tenían un hecho que les orientaba con mucha exactitud sobre el tiempo que se aproximaba. Eran las gaviotas del puerto, qué se ponían a volar en círculos dando graznidos, precisamente todas sobre un punto del puerto: el tinglado cinco. Era infalible. Por eso los capataces no presentaban en ese caso las demandas. Llovía seguro.
En aquella época no existía el “hombre del tiempo”, pero sí la “gaviota del tiempo” que nunca fallaba.