El “America’s Maritime Action Plan” forma parte ya del nuevo cuerpo doctrinal de Estados Unidos. Donald Trump lo presenta como la herramienta para impulsar una “Nueva Edad de Oro Marítima”, una suerte de Make America Sail Again (MASA) al estilo MAGA (Make America Great Again) , para reindustrializar los astilleros, reforzar la flota bajo pabellón estadounidense y modificar las reglas económicas del comercio marítimo que opera hacia y desde el país norteamericano.
Diario del Puerto detallaba el pasado jueves sus ejes básicos, una combinación de instrumentos fiscales, regulatorios y de contratación pública, con la propuesta de una tasa universal a los buques construidos en el extranjero que escalen en puertos estadounidenses. El gravamen se calcularía en función del tonelaje importado transportado y, según el propio documento, un centavo por kilo podría generar unos 66.000 millones de dólares en diez años. El fin declarado es reforzar la base industrial marítima y alimentar un fondo específico para seguridad y construcción naval.
La idea es que quien se beneficie del mercado estadounidense debe financiar su revitalización industrial. Además, el plan prevé ampliar los requisitos de preferencia marítima para carga vinculada al Gobierno federal e incluso exigir a algunas economías exportadoras transportar un porcentaje creciente de su carga en buques de pabellón estadounidense. A ello se suma la creación de un Land Port Maintenance Tax del 0,125% para mercancías que entren por puertos terrestres, equiparando así cargas fiscales con el ámbito marítimo.
Pero cuando Trump habla de una “Edad de Oro Marítima”, no utiliza un lenguaje neutro. Y es aquí donde me viene a la cabeza un lejano recuerdo universitario. En la Facultad, en aquella asignatura de Historia del Periodismo que estudié sin imaginar su utilidad futura, analizábamos el hundimiento del acorazado “USS Maine” en el puerto de La Habana en 1898; un episodio clave para la historia naval, de España y de la comunicación. La cobertura del suceso por parte de editores como William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer se convirtió en ejemplo clásico del llamado periodismo amarillo. A Hearst se le atribuye la frase “Usted ponga las imágenes. Yo pondré la guerra”, como ejemplo de la capacidad del relato para influir en la agenda política y acelerar decisiones.