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Disparen sobre el crucerista

Logístico

Albert Oñate
  • Última actualización
    03 julio 2026 05:20

Desde hace años parece que el turismo de cruceros se ha convertido en el principal culpable de muchos de los problemas turísticos de Barcelona. Cada vez que se habla de masificación, contaminación o convivencia, los cruceros aparecen en el centro del debate. Sin embargo, ¿están realmente justificadas muchas de las críticas que reciben? Me he permitido titular el artículo parafraseando una película de François Truffaut. Creo que describe perfectamente el tratamiento injusto que recibe esta industria por parte de la clase política y también de la ciudadanía.

Barcelona es el puerto europeo líder en número de cruceristas y, lejos de ser una actividad reconocida y apreciada por la ciudad, despierta muchos recelos cuando no hostilidad en amplias capas de la población. En paralelo a este debate, la tasa turística de la ciudad se ha ido incrementando para la industria de los cruceros y, recientemente, el ayuntamiento de Barcelona ha enviado al Parlament de Catalunya una propuesta para que sea debatida e incluida en los presupuestos generales, proponiendo un incremento sustancial de esta tasa. Actualmente en Barcelona, un crucerista paga 11 euros de tasas: 6 de cuota autonómica y 5 de tasa municipal. La propuesta es que pase a pagar 30 euros, al incrementarse la tasa municipal de 5 a 24 euros.

¿Por qué un crucerista debe pagar tres veces más que otro turista si utiliza prácticamente los mismos servicios municipales, cuando, además el sector de los cruceros es precisamente el más fácil de gestionar? Se sabe el número de pasajeros, a qué hora llegan y salen y por cuál terminal lo hacen, permitiendo que se pueda planificar su transporte, su seguridad y los servicios que van a requerir.

Las decisiones que se adopten deberían buscar el equilibrio entre la convivencia ciudadana y la competitividad económica

Según un estudio de la Universidad de Girona, los cruceristas representan únicamente el 2,5% de los visitantes diarios de Barcelona. Resulta difícil atribuir a un colectivo tan reducido la responsabilidad principal de la presión turística que soporta la ciudad. El mismo estudio concluye que los recorridos realizados por los cruceristas apenas coinciden con los flujos habituales del resto de turistas, especialmente durante la temporada alta. En otras palabras, el turismo de cruceros no incrementa necesariamente la saturación de los espacios que ya concentran la mayor presión turística.

Un crucerista no solo visita la ciudad durante unas horas. Una parte muy importante inicia o finaliza su viaje en Barcelona, utilizando hoteles, taxis, restaurantes, comercios, transporte terrestre y vuelos internacionales. Es decir, detrás de cada crucero existe una cadena de actividad económica que va mucho más allá del puerto. Si el problema es la saturación turística, ¿por qué se penaliza al segmento que mejor puede medirse, organizarse y planificarse?

Barcelona ha construido durante décadas una posición privilegiada como puerto líder de cruceros en Europa. Esa posición no es fruto del azar, sino de años de inversión pública y privada, de infraestructuras y de una reputación internacional consolidada. Pensar que ese liderazgo es irreversible sería un error. En un mercado global, otros puertos trabajan intensamente para atraer ese tráfico. Las decisiones que hoy se adopten deberían buscar el equilibrio entre la convivencia ciudadana y la competitividad económica, evitando convertir al crucerista en el responsable de problemas cuya solución exige una visión mucho más amplia.

He hablado de Barcelona por la actualidad del debate, pero la mayoría de estos argumentos son aplicables al conjunto de puertos españoles con cruceros.