La primera vez no se olvida y menos cuando se trata de un bautismo de aire. Aeropuerto de Sondika (Bilbao), 1 de julio de 1983. Vuelo de British Airways a London Gatwick, apenas dos horas de trayecto pero bandeja de comida con cubiertos de metal y vaso de cristal en clase turista. Y pasillo arriba, pasillo abajo, el carrito del duty-free asomándose entre las filas de asientos, rebosante de tentaciones, no permitidas, unas; lejos de mi alcance, otras.
Entre todos los artículos, el más tentador era aquel cartón negro de tabaco rubio con tres iniciales doradas entrelazadas: John Player Special. Las mismas que lucían en sus carenados los Lotus 93T de Elio de Angelis y Nigel Mansell. “¡Duty Free, Duty Free!”, exclamaban las azafatas de British Airways mostrando aquellos cartones como reclamo. En un arrebato, me llevé la mano a la cartera y blandiendo un travellers check del Banco de Bilbao de 20 libras esterlinas le susurré a una de las azafatas: “Give me one, please!”, a lo que ella me respondió, inclinándose hacia mí: “How old are you, my dear?” “Duty free, Duty Free !”, siguió pregonando la muy legalista.
Ahora que volar en avión, al menos en los recorridos cortos y medios, se ha convertido en una experiencia tremendamente vulgar y carente de exquisiteces o confort extra en cabina, muchos viajeros vuelven su vista a los barcos en busca de sensaciones pérdidas, de la experiencia de navegar y disfrutar de la calma a bordo. La rapidez del avión no lo es todo y aunque es un medio imbatible en cuanto a tiempo de viaje, el barco ya comienza a ser competitivo en determinados trayectos, lo mismo que el tren de alta velocidad ha suprimido algunos enlaces aéreos.
