Recuerdo cuando había uno o dos diarios locales y tres o cuatro nacionales, además de solo un par de canales de televisión que emitían unas pocas horas al día. Qué tiempos aquellos. Ahora hay tantos medios de comunicación, casi, como personas en la tierra. Sí, cada persona es un medio. Con tener un móvil les vale. Y todos tienen/tenemos móvil, aunque en muchos casos sea lo único que se tiene. Así todos pueden emitir 24 horas al día, 7 días a la semana. Y casi todos lo hacen.
Entre redes sociales, internet, papel, radio, televisión... la cantidad de información que se transmite es brutal, y no hay tanta verdad como para rellenar tanto. La verdad es una. La mentira es infinita. Por eso son tantos, cada día más, los que, ante la necesidad de rellenar su espacio y, además, hacerlo llamando la atención, recurren a visiones parciales, verdades retorcidas, inexactitudes y mentiras.
Partiendo de la base de que lo negativo, la crítica, el trapo sucio, llama mil veces más la atención que lo positivo o lo bien hecho, se suele elegir ese primer camino en busca de ese viejo objetivo, por el que matamos desde bien chicos: llamar la atención.
Estará bien que reforcemos nuestro criterio, el de cada cual, a base de dato y análisis
Los medios de comunicación y los políticos forman una simbiosis difícil de separar. Unos se alimentan de los otros, y viceversa. Si se monta una campaña sobre cualquier falta de cualquier presidente de puerto, sea muy grave o directamente inocua, el redactor que coja el tema no lo va a soltar así como así, porque con eso se habla de él, con eso se habla de su medio, con eso destaca, algo, de alguna manera, entre miles de emisores de mensajes.
El problema de todo esto es que los políticos viven, directamente, de la opinión pública, esa que, amodorrada en su globalidad, suele aceptar los conceptos que se les ofrecen desde los medios. Cuanto más simples y superlativos, mejor.
Cuando se publica algo de nuestro sector, suele tener repique posterior en el caso de que sea algo negativo. El medio que lo ha publicado lo volverá a publicar y otros medios lo cogerán desde uno u otro enfoque, para también darle pábulo. Entonces el sector activa su modo “patio de vecindonas” y ya no se habla de otra cosa. Llega el tema a los políticos de turno, esos que gustan de atajar todo lo que pueda salpicarles de algún modo. Surgen nuevos rumores sobre cambios, relevos, medidas y reformas. Empiezan a sonar nombres, candidatos a subir o bajar. El chismorreo se multiplica y ... en ese punto estamos.
Y puede que no pase nada. Y puede que alguno acierte en sus quinielas de futuros movimientos. Lo que queda o debe quedar es el aprendizaje. Todos debemos recordar, por un lado, que la mujer del César no solo debe ser intachable, sino también aparentarlo. Y por otro que las acusaciones hay que analizarlas y ver primero si son ciertas o no y, en el caso de ser ciertas, qué delito o error se ha cometido. Si eso es suficiente o no para cortar cabezas.
Estará bien que reforcemos nuestro criterio, el de cada cual, a base de dato y análisis. De lo demás, de la superlativación simplista y el pancartismo, se encargarán los medios y los políticos.