Llevo más de cuarenta años en el transporte terrestre y, con la perspectiva que da el tiempo, puedo decir que pocas veces este sector ha estado tan expuesto a tantos cambios a la vez.
La pandemia marcó un antes y un después, no solo por la crisis sanitaria, sino porque puso en evidencia algo que ya sabíamos: el transporte es esencial para que todo lo demás funcione.
Durante aquellos meses, los camiones siguieron rodando mientras gran parte del país se detenía. Fue una prueba de resistencia, pero también dejó ver las debilidades de fondo que hoy siguen presentes.
Una de las más graves es la falta de conductores. Cada vez cuesta más encontrar relevo para una profesión exigente, sacrificada y poco valorada por las nuevas generaciones; muchos profesionales se jubilan y no hay relevo suficiente, siendo un problema laboral, y un riesgo real para la continuidad del servicio.
A esto se suma el peso del gasóleo, cosa que quien no esté dentro del sector quizá no dimensiona lo que significa una subida sostenida del combustible, que sigue siendo uno de los grandes enemigos de la rentabilidad, añadiendo los costes de mantenimiento de flotas, donde, por desgracia, cada vez también es más complicado encontrar profesionales de la mecánica que te hagan un correcto mantenimiento y reparacion de camiones y plataformas.
El sector necesita cuidar a quienes lo han sostenido durante años
Quiero hacer hincapié en la continuada subida del combustible que aprieta unos márgenes ya muy ajustados. Y aunque en teoría esos costes deberían trasladarse al cliente, la realidad es que no siempre es posible. Al final, muchas pequeñas y medianas empresas acaban soportando una presión que limita su capacidad de crecer, resistir y, en algunos casos, y por desgracia, abandonar y cerrar.
A su vez, estamos viendo una concentración creciente en grandes grupos logísticos. Es una evolución lógica en un mercado cada vez más competitivo, pero no exenta de consecuencias. Las pymes, que han sido durante décadas el alma del transporte, estan perdiendo peso frente a operadores con más músculo financiero y tecnológico, y con ellas se pierde también cercanía, flexibilidad y experiencia acumulada.
La tendencia a la desaparición de la figura del “comercial de calle”, a la cual me enorgullezco pertenecer, ese cara a cara, ese conocer tus necesidades de primera mano, está haciendo que el trato sea más impersonal y frío, no importando en muchos casos el servicio que se le da al cliente, sino el coste económico.
Desde mi posición actual como director comercial en CIRAC Logística, empresa dedicada hace más de 20 años al transporte terrestre, observo esta transformación con respeto y con cierta inquietud.
El sector necesita modernizarse, digitalizarse y ganar eficiencia, desde luego que sí, pero también necesita cuidar a quienes lo han sostenido durante años, porque el futuro del transporte no dependerá solo del tamaño de las empresas, sino de su capacidad para seguir siendo humanas, competitivas y útiles.
El riesgo que corremos de no llevar en paralelo, tecnología y trato humano es un colapso parcial del servicio en picos de demanda por falta de conductores, una desaparición del tejido de pymes, con pérdida de empleo local, dependencia excesiva de grandes operadores, reduciendo competencia real y un incremento de precios al consumidor final por costes logísticos más altos.
Hagamos más fuertes reuniones como la Fiesta de la Logística de Bilbao y otras tantas que se hacen en nuestra geografía, para unir, consensuar y sobre todo, seguir manteniendo este lado humano en el cual ponemos cara a esas voces y cuentas de correo.