Los puertos, con todo lo que se meten con ellos, son las infraestructuras que mejor funcionan en nuestro país. La causa o el mérito de su funcionamiento ejemplar, como un reloj de precisión las más de las veces, hay que buscarla en tres motivos básicos: la influencia de la gestión privada, su capacidad de reinvertir parte de lo que generan y la alta capacitación de los profesionales que planifican su futuro.
Las estrategias inversoras de creación y mejora de infraestructuras portuarias se aprueba con la participación de distintas administraciones, en muchas ocasiones de distinto color político y, muy importante, se financian con dinero generado por la propia actividad portuaria.
Las obras y mejoras en las infraestructuras y estructuras portuarias han de superar también el problema añadido de que hay que planificarlas con años, lustros de antelación. No olvidemos que las grúas y los muelles no se compran en El Corte Inglés ni se piden en Amazon. Han de adelantarse al futuro, poner en marcha hoy la ampliación que hará falta dentro de 20 años. Y eso significa atravesar un desierto de subidas y bajadas de los tráficos, sin olvidar los ataques de los que no entienden cómo se está planificando eso, “si no hay cola de barcos esperando a ser atendidos”. Con todo y con eso... los puertos funcionan.
Hay que convertir la logística en general y el tren en particular en una cuestión de estado, como deberían ser la sanidad, la educación o la justicia
Ojalá el tren pudiera tener también ese toque portuario de gestión privada y de potencial económico para planear su futuro. Por encima de esto, sería exigible que el tema de las conexiones ferroviarias fuera, sencillamente, una cuestión de estado. Pactarla entre, al menos, los grandes partidos. La optimización del tren, para mercancías y pasajeros, es un proyecto que también precisa lustros para concretarse. ¿Qué partido político está dispuestos a castigar a los ciudadanos con molestas obras para unas mejoras que probablemente cosechen otros? Los recientes accidentes de tren nos subrayan eso de que nadie tiene la culpa del estado de nuestras infraestructuras ferroviarias. Por lo tanto, tienen la culpa todos. El tren siempre ha sido, hasta donde me alcanza la memoria, un puto desastre. No es cosa del actual ministro ni de sus antecesores. Salvo algunas líneas que han funcionado medianamente bien, lo demás... lustro tras lustro... un suplicio. Y que coste que no lo digo porque escriba esto mientras viajo, con su gran y tradicional retraso, en el Euromerd, que también.
Planificación ambiciosa a largo plazo y considerar ya las conexiones ferroviarias es una cuestión de estado. Con estos ingredientes se podría aspirar a tener un servicio de pasajeros que no se pareciera tanto al del transporte de ganado. Con eso podríamos lograr, de una vez, que el transporte de mercancías por ferrocarril fuera el que la economía y el planeta demandan. El objetivo de mover por tren, en un futuro inmediato, el 10% de las mercancías, no creo que lo vayan a ver nuestros ojos... nunca.
Se hace preciso un rotundo plan a medio y largo plazo para dotar al país de un ferrocarril que funcione. Y eso pasa por voluntad política, por convertir la logística en general y el tren en particular en una cuestión de estado, como deberían ser la sanidad, la educación o la justicia.
Solo falta altura de miras. El problema seguro que no está en el dinero. No hay duda de que sobra, si no sobrara no se tiraría en algo tan inútil como los controles de equipaje y pasajeros... solo a la ida. Se ve que solo es en determinados trayectos cuando se tienen ganas de matar. A mí, lo confieso, me surgen cada vez que cojo el tren.