Durante siglos, el comercio internacional se ha defendido a golpe de arancel con un sistema rudimentario, pero al menos honesto. El peaje estaba a la vista y uno sabía cuándo le estaban cerrando el paso. Hoy, en cambio, las barreras son otras. Más discretas, más técnicas y sofisticadas. Como esos arbitrajes del fútbol moderno en los que el problema no es tanto el penalti que no te pitan, sino las pequeñas decisiones que van inclinando el campo poco a poco hacia un lado. Siempre del lado rival, claro está.
El fútbol actual está lleno de esas barreras invisibles. Faltitas en el centro del campo que cortan el ritmo, tarjetas amarillas excesivamente rigurosas, manos interpretativas, fueras de juego decididos por el finísimo grosor de la puntera de una bota. El VAR llegó prometiendo justicia y ha acabado instaurando la tiranía del milímetro. Ya no importa tanto la belleza del gol como la precisión geométrica del frame congelado. El VAR no sabe de estética, sólo de exactitud... cuando acierta.
Y alrededor del árbitro principal orbitan asistentes, jueces de línea y ordenadores capaces de invalidar una obra maestra del balompié porque un hombro sobresale apenas unos centímetros. Aunque nadie parece prohibirte jugar, lo que se dice jugar, cada vez resulta más complicado. El fútbol moderno, tan obsesionado con los datos y con medirlo todo, corre el riesgo de olvidar que el juego nació para disfrutarse, no para ser radiografiado al milímetro desde una sala repleta de pantallas. Fuera del fútbol también abundan esas barreras invisibles. El algoritmo que decide qué noticias lees y cuáles no. La entrevista de trabajo que acaba en un “ya le llamaremos”. Una cita previa imposible... Nos hemos vuelto especialistas en perfeccionar el arte de impedir sin prohibir. Y eso mismo está ocurriendo en el comercio mundial.
El resultado del partido es un comercio mundial aparentemente abierto, pero cada vez más condicionado
La UNCTAD advierte que las barreras no arancelarias, como normas técnicas, certificaciones, controles fitosanitarios o exigencias regulatorias, generan ya más costes al comercio global que los propios aranceles. Especialmente en los países en desarrollo, que carecen muchas veces de la capacidad técnica, administrativa o financiera para cumplir con tal laberinto regulatorio.
Nadie se opone a la seguridad alimentaria, la calidad industrial o la protección del consumidor. Ni nadie protesta porque un árbitro quiera aplicar correctamente el reglamento. El problema aparece cuando el reglamento deja de servir al juego y el juego acaba sometido al reglamento. Porque detrás de muchas de estas normas existe también una forma sutil de proteccionismo. Más refinada. Más aceptable políticamente. Más difícil de denunciar ante la opinión pública. Ya no hace falta levantar grandes muros arancelarios ni iniciar guerras comerciales a golpe de titulares. Basta con exigir certificados imposibles, protocolos interminables o estándares técnicos que sólo algunos pueden cumplir sin desquiciarse.
El resultado es un comercio mundial aparentemente abierto, pero cada vez más condicionado. Como esos partidos en los que el marcador sigue empatado mientras uno de los equipos lleva noventa minutos jugando cuesta arriba. Y quizá ahí resida la gran paradoja de nuestro tiempo. Nunca hubo tantas reglas destinadas a facilitar el comercio global y, sin embargo, fue tan fácil marcarse goles en propia meta. Mientras tanto, el árbitro sigue consultando el VAR, los jugadores protestan alrededor del monitor y el partido continúa detenido. Exactamente igual que ocurre hoy con buena parte del comercio internacional: mucho reglamento, demasiadas interrupciones y cada vez menos fluidez sobre el terreno de juego.