Durante el periodo de instrucción en Cartagena, me hicieron “profesor de analfabetos”. En aquella época (1955) no eran pocos y más teniendo en cuenta que en el Cuartel de Instrucción se recogían reclutas de todas las partes de España. El capitán que se ocupaba de la enseñanza me llamó un día y me dijo que tenía que dejar a “mi alumno” y que me iba a ocupar de otro más difícil, pero que yo podría enseñarle. Resultó ser gallego, marinero de bajura y no tenía ni idea de saber leer ni escribir.
Me volqué en enseñarle. Le señalaba la “O” y le decía: “¿Qué letra es?” Y me contestaba: la “A”. Y así todo, día tras día. No hubo forma de que aprendiera, ni siquiera, las cinco vocales. Yo me esforzaba al máximo, pero él no. Un día que el capitán se ausentó por un momento, el gallego, asegurándose de que nadie le escuchaba, me confesó: “No te esfuerces Roca, yo no quiero aprender a leer. Yo estoy muy bien en la escuela de analfabetos. Me evito limpiezas, cocina e instrucción. Ya llevo tres reenganches aquí... Estoy muy bien en la escuela... pero no se lo digas a nadie”. ¡El gallego era analfabeto pero no tenía un pelo de tonto!
Tras el periodo de instrucción, en el mes de marzo de 1955 embarqué en el dragaminas “Tinto”, que iba a carbón. Mi compañero Moncho también embarcó, pues el barco tenía base en Valencia y a todos los valencianos nos interesaba. La alegría duró poco, pues cambiaron al Capitán General del Departamento Marítimo de Cartagena y ordenó que nuestro dragaminas navegase continuamente en “vigilancia de costa y pesca”.
A bordo, nuestro destino como “timonel señalero” era todo lo relacionado con la navegación. Teníamos pleno acceso al cuarto de derrota y por supuesto al puente de mando, desde donde llevábamos el timón. Los mandos directos sobre los timoneles eran el comandante, 2º comandante y Cabo Primero señalero. El comandante era muy “especial”. Entre otras cosas había prohibido que nadie utilizase la banda de estribor, salvo él. Solo podía pasar él.
El 2º comandante en cambio trataba a todos los subordinados con gran educación y era una persona seria. El 2º comandante no comprendía cómo yo acertaba tantas veces en reconocer los barcos que nos cruzaban. Muchos de ellos eran o “Cabos” (de Ybarra) o “Montes” de (Naviera Aznar). Los petroleros y los pequeños costeros también me era muy fácil distinguirlos, dado los años de trabajo en el puerto.
El dragaminas “Tinto” volvió a nacer ese día
Una noche, estando yo de retén para coger el timón, oímos pasos por estribor y apareció el comandante muy excitado, diciendo que el reloj de su cámara se había parado y que eso era responsabilidad de los timoneles, que dónde estaba el timonel de retén. Le dije: “A sus órdenes”. Él dijo: “Venga conmigo a mi cámara”. Le seguí. Cuando llegamos, me dijo muy excitado: “Mira, ¡el reloj está parado!”. Miré mi reloj y observé que marcaba la misma hora que el mío. El comandante me miraba fijamente. Entonces le dije: “No volverá a pasar más mi comandante. Lo pongo en hora”. Entonces me inspiré y comencé a darle todas las vueltas a la aguja del reloj hasta que lo dejé 1 minuto más de como había empezado. Le dije: “Mi comandante, ya está en hora”.
“¡Que no vuelva a pasar!”, me dijo.
Otro día, navegando por la costa este de Ibiza, el comandante le dijo al 2º comandante: “Vamos a pasar sobre la laja de Santa Eulalia”. El 2º no estaba conforme, pues consultado el derrotero y la carta náutica, el calado que teníamos libre para pasar sobre la laja era mínimo con mar llana. Se entabló una buena discusión entre ambos y al final ganó el comandante. Los argumentos del 2º eran que llevábamos mucha munición en la “santabárbara” de a bordo y con solo que rozáramos la quilla podía explotar y volar todo el barco, pero no sirvieron de nada. Cuando ya estábamos cerca de la laja, el 2º comandante, por precaución, hizo que toda la tripulación estuviese en cubierta dejando la velocidad en “avante poca”. El paso sobre la laja fue muy emocionante, veíamos el fondo tan cerca que casi lo podíamos tocar con la mano. Al final pasamos nuevamente a alta mar. El comandante se puso muy contento ¡y yo más! El dragaminas “Tinto” “volvió a nacer” ese día.