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TCB, cifras y literatura

No se puede uno descuidar un segundo. Salgo unos días a dar una vuelta y me venden TCB. Más allá de romanticismos y derivados, el tema da para echarle una pensadita. No ya por el muy significativo hecho de que Pérez-Maura tire la toalla en el sector de las terminales de contenedores, sino por lo que supone de nuevo y contundente capítulo hacia la desaparición de las multinacionales logísticas españolas.

  • Última actualización
    28 septiembre 2018 17:40

Da que pensar eso de que un país como el nuestro, rodeado casi completamente de mar y con una posición geoestratégica privilegiada, que apenas cuenta ya con navieras españolas, se quede sin el mayor gestor de terminales que teníamos. ¿Qué valor añadido puede tener para los intereses del país contar con barcos propios y con terminales nuestras? No lo sé. Pero a mí no me deja muy tranquilo pensar en un conflicto laboral o de otro tipo y acordarme de que las puertas de entrada de mercancías a nuestra casa están en manos de terceros y los barcos que las traen también. Está claro que por encima de banderas, himnos, intenciones y deseos, está "papá mercado". Cifras y no literatura es lo que se impone. Lo que ocurre es que esa literatura, en estas tierras, sí parece que se imponga a las cifras... cuando se trata de poner la zancadilla a determinados proyectos e inversiones. Somos así. Cuando Ángel Pérez-Maura llegó a Valencia, a TCV, recuerdo que tuvimos que oír, no sin cierto rubor, eso de "que viene el catalán", por aquello de estar TCB en Barcelona desde años antes, aunque Ángel sea de Santander. Sus inversiones rotundas, sus proyectos concretos, sus ilusiones innegables, quedaban ninguneados bajo premisas líricas e intangibles. Aquí sí valía la literatura. Pese a algunos, la expansión de las terminales del Grupo TCB continuó en España y más allá de nuestras fronteras, donde nadie le consideró extranjero. La envergadura de esta multinacional española es descomunal, pero se queda mínima si la comparamos con los grandes operadores de terminales del mundo. Ante esa desventaja, hemos de reflexionar sobre si desde la administración se ha apoyado como es debido a TCB, para que siguiera presente en las terminales de los grandes puertos de España. Quizás nunca echemos de menos la interlocución directa e inmediata y el posicionamiento sentimental claro de nuestro compatriota en las puertas de entrada de la mercancía a nuestro país, pero por si acaso, deberíamos reflexionar sobre si a nuestra logística se la considera como corresponde. En este caso ya no se trata de aprender para el futuro, porque cada vez hay menos futuro para las multinacionales logísticas españolas, una especie en vías de extinción si no como multinacionales logísticas sí como españolas. Yo de Ángel hubiera hecho lo mismo. Lo que no sé es si hubiera hecho algo más o algo menos si fuera administración portuaria. Mientras, me alegro de la operación por el Grupo TCB y sus sufridos accionistas. Aunque es una alegría con matices. Qué quieren que les diga. Me vuelve la sensación de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y es cierto. No es ñoño romanticismo ni nada parecido. Es algo objetivo. Al menos en mi generación. Al menos en el sector logístico. Me gustaba, ya lo he escrito en otra ocasión, aquel puerto en el que cada terminal tenía un nombre de procedencia, como los chiquillos de mi pueblo. La terminal de Perfecto, la de Liberto... la de Ángel. Ya no me sé los nombres de quienes están detrás de instalaciones tan vitales para todos. Y aunque me los supiera no sabría pronunciarlos. Quizás es que me estoy haciendo viejito. O que siempre lo he sido.