Menú
Suscripción

Del mojito al cochinillo

  • Última actualización
    28 septiembre 2018 18:00

La vida tiene una sucesión lógica de las cosas, un fluir ordenado e irrefrenable sometido a leyes naturales que van de lo general a lo concreto, de lo universal a lo individual. Son cosas tan esenciales como aparentemente sencillas, tan connaturales como inevitables, cuestiones sucesivas de las que podríamos poner miles de obvios ejemplos: tras la noche, llega el día y tras el día la noche; a la niñez le sucede la adolescencia y a la adolescencia, la madurez y a la madurez, la vejez, porque todo lo que vive muere y todo lo que muere dicen que es fuente de alimento para volver a nacer. Ya saben, al rayo le sucede el trueno y el manantial lo engorda el arroyo que fagocita el afluente que nutre el río que devora el mar, porque tras la nieve llega el deshielo, tras la flor el fruto y, tras las olas que agita el viento, una lámina de agua diluida en la playa y en su fina arena. En definitiva, al otoño le sucede el invierno, al invierno la primavera, a la primavera el verano, al verano el otoño y al otoño de nuevo el invierno, los mismos días, porque si hubiera saltos habría que maldecir al cambio climático y certificar la hecatombe, el fin del mundo y la muerte de las leyes universales.Éstas tienen una traslación habitual y necesaria a hechos y acontecimientos mundanos, pues la vida se organiza en torno a lo que no cambia. Vacaciones en verano, comienzo del curso en otoño, Nochebuena y Reyes Magos en invierno y un nuevo renacer en primavera con la esperanza de que pase el tiempo y la naturaleza nos devuelva otra vez el calor, el mes de agosto y la playa, los chiringuitos, la pelota azul de Nivea, el cubo, la pala, la horchata granizada y algún que otro mojito para alegrar las tardes de asueto.Todo ello es indispensable, es una concatenación elevada a derecho fundamental para cargar pilas de cara al temido arranque del curso, ese concepto otoñal ligado indisolublemente a la pauta escolar y que termina rigiendo nuestras vidas más allá de la anualidad.Volver en septiembre tiene una razón de ser: volver a empezar. Razón suficiente.Ahora bien, ¿qué pasa cuando uno mira al horizonte y adivina que después de agosto no hay nada?Lo que algunos aventuran como “otoño caliente” no es más que una alienante distracción para unos pocos con otra escala de prioridades, de tal forma que, si estamos atentos, este año nos iremos de vacaciones y, realmente, hasta Navidad no volveremos.¿No dicen que un hada muere cada vez que un niño dice que no cree en las hadas? Pues lo mismo sucede con las legislaturas. “Una legislatura muere cada vez que un político hace balance de ella” y, en el caso de esta, no es que se hayan hecho balances, es que Paul Preston y Hugh Thomas ya andan escribiendo un libraco de historia sobre ello.Lo peor es que Montoro se va a ir de vacaciones con los Presupuestos también hechos. Es decir, que a falta del trámite parlamentario, volveremos en verano y no habrá nada más que un Gobierno en funciones engrasando las baterías para unas Elecciones Generales que no nos traerán un nuevo Gobierno hasta el día de la Lotería, la de Navidad.Por tanto, si me lo permiten, nos vamos a ir ahora a la playa con el mojito y no vamos a volver hasta que no nos pongan en la mesa familiar las doce uvas y el cochinillo, todo un salto en el espacio-tiempo muy difícil de soportar.Estoy seguro de que si les propongo que nos vayamos ya de vacaciones y nos quedemos en la playa hasta enero no se van a poder negar. Nos ahorramos el “otoño caliente”, la campaña electoral y, encima, aparecemos a las puertas de que lleguen los Reyes, los Magos se entiende. ¿Les parece? No se van a perder nada. Será por soñar...