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Lumière, trenes y porvenir

Sí. Hoy, como ayer, toca otra de trenes. ¿Que por qué? Primero, porque me gustan. Segundo, porque no hay jornada, foro, feria o congreso al que asistamos los miembros y miembras de esta Redacción donde no se hable del ferrocarril como la eterna promesa del transporte de mercancías intermodal, comodal, multimodal, transmodal... o como quieran llamarlo.

  • Última actualización
    28 septiembre 2018 23:41

Y tercero, porque esto que leen es la columna de un Diario de Transporte y Logística. Me encantaría hablarles del último disco de David Bowie o del último partido del Aston Villa F.C. pero éste no es lugar. Que el ferrocarril represente en España tan sólo el 2,9% de la cuota del reparto modal del transporte de mercancías parece secundario a la vista del amplio espacio que se le dedica al tren en el debate público. Lo cual, por otra parte, ya no sorprende a nadie. Nos hemos acostumbrado a dar por hecho, como si tal cosa, el futuro maravilloso que le aguarda al tren en España (eso sí, a golpe de planes y proyectos, pero no de un claro respaldo por parte del mercado) que participamos ya en este debate casi con la misma actitud con la que las vacas miran al tren. Indiferentes. No es de extrañar que fuera Gran Bretaña, donde la afición de observar trenes (“Train Spotting”) es relativamente popular, donde las vacas se volvieron locas. El caso es que si hay en este país un colectivo que observa el paso del tren sin un atisbo de indiferencia, ese es el transporte de mercancías por carretera. Y más bien, lo hace con mucha atención por no hablar abiertamente de recelo o incluso temor. En cada una de las ocasiones en las que he asistido a jornadas de transporte ferroviario y/o intermodal a las que acudían también profesionales del transporte de mercancías por carretera no he podido evitar hacer un paralelismo con lo que, según cuentan las crónicas, debió suceder un 28 de diciembre de 1895 en el Salon indien du Grand Café, en el Boulevard des Capucines de París, donde se llevó a cabo la primera exhibición comercial, como espectáculo de pago, del cinematógrafo de los hermanos Lumière. Junto a títulos como “Salida de la fábrica Lumière” y “El regador regado”, el escaso medio centenar de espectadores que pagaron un franco por asistir a la premier mundial del nuevo invento, experimentó un sobresalto que hizo que más de huyera despavorido de la sala al proyectarse  “Llegada de un tren a la estación”.Al parecer, aquellos espectadores pensaron que iban a morir arrollados por la locomotora que avanzaba amenazante hacia ellos, lo que daba una idea del nivel de desconocimiento y falta de costumbre (ingenuidad, desde nuestra óptica actual) ante el recién nacido arte.  Aquellos primeros espectadores, con una mentalidad pre-cinematográfica, creyeron que la locomotora se les venía encima. El cortometraje “Llegada de un tren”, apenas 52 segundos de celuloide, era un registro de los nuevos tiempos, en el que las carretas y las diligencias habían dejado paso a las vías férreas.Los hermanos Lumière hicieron una buena caja con aquellas primeras proyecciones pero su acomodada posición les impedía concebir el cine como un negocio. El mismo George Meliès quiso comprar a los Lumière el nuevo aparato por 10.000 francos pero Antoine Lumière quiso hacerle desistir de esa idea: “El aparato no está a la venta, afortunadamente para usted, pues lo llevaría a la ruina. Podrá ser explotado durante algún tiempo como curiosidad científica, pero fuera de esto no tiene ningún porvenir comercial”.  Eso es lo que se llamar tener visión de negocio... Y ahora, díganme, ¿me comprarían ustedes este tren? Por su porvenir comercial, se entiende.