No parece discutible el éxito de la reivindicación sindical portuaria en esta segunda iniciativa, con aquella manifestación de cerca de 10.000 estibadores por las calles de Estrasburgo en pleno debate de la directiva, con un digamos “agitado” desenlace y que sirvió en el Parlamento para vehementes y sentidos alegatos de los europarlamentarios que en sus intervenciones apelaban a esa masa laboral que al otro lado de los muros de la Eurocámara reivindicaba unos derechos laborales que iban a ser pisoteados. Hubo quien dijo que se votó “miedo”, pero sea como fuere el caso es que no hubo opción ni a primera lectura.Más discutible fue el peso decisivo de las reivindicaciones laborales de los estibadores en el primer proyecto de directiva, para lo cual basta simplemente con detenerse en observar el proceso de tramitación, que avanzó por el Parlamento Europeo en primera y segunda lectura, afrontó el proceso de codecisión y, con un texto pactado con el Consejo Europeo, terminó en la papelera en la definitiva votación en el europarlamento.La estiba se llevó los méritos por aquello de las huelgas y de las presiones, entremezcladas en España por aquella época con la tramitación de la Ley de Puertos de 2003. No obstante, como los hechos presentes ponen de manifiesto, probablemente, como se encargó de advertir el también en ese momento presidente de Puertos del Estado, José Llorca, la verdad de aquel primer fracaso no estuvo tanto en la liberalización de los servicios portuarios como en que aquel proyecto de directiva contemplaba toda un desarrollo normativo sobre la transparencia financiera en la gestión de los puertos que nunca fue bien visto por los enclaves del Norte de Europa. Fueron estos intereses probablemente los más decisivos en el rechazo de aquella primera directiva.Tal vez este nostálgico y polvoriento debate diez años después sobre “quién tuvo la culpa de qué” les parezca en estos momentos intrascendente, pero se lo traigo a colación porque tiene muchísimo que ver con el devenir que va a seguir el nuevo proyecto de reglamento europeo sobre el acceso al mercado de los servicios portuarios y la transparencia financiera de los puertos.Cada vez parece más evidente que la decisión de la Comisión Europea de dejar fuera de esta normativa a la estiba no ha obedecido a principios ideológicos ni a sesudas consideraciones sobre cómo articular su modelo para este servicio a nivel europeo , sino más bien a razones meramente estratégicas. Para evitar que la oposición a la reforma de la estiba terminara contaminando una vez más al resto de la iniciativa y que, como en los dos procesos anteriores, toda la reforma se fuera al traste por culpa de la acción de los estibadores portuarios, qué mejor que aislar el problema, sacarlo de ahí, negociarlo a parte y que el resto de la iniciativa camine libre y sin obstáculos.Claro que, de sin obstáculos nada. A las primeras de cambio, y lo vimos en la audiencia en el Parlamento Europeo de la semana pasada, ha surgido un evidente problema. ¿Adivinan cual? Efectivamente, el rechazo a la transparencia. Sin la pantalla de la estiba, ya verán ahora cuántas ampollas levanta este asunto en Europa. Ya no hay estibadores tras los que esconderse. Toca retratarse.