Hay que reconocer que el PEI -para el que se eligió como emblema un proyecto logístico por ligarse al ambicioso Plan de Impulso del Transporte Ferroviario de Mercancías, lamentablemente diluido con aquella legislatura- aún invita tres años después a múltiples reflexiones, y no sólo relacionadas con el hecho de encarnar el último estertor de la apuesta de Zapatero por seguir inyectando dinero para sacar adelante el país. Recordemos que diez minutos después de su presentación, Europa dio un giró, impuso la religión del déficit y se acabó el PEI.En estos momentos es más interesante reflexionar sobre el trasfondo de aquel plan, fundamentado en la colaboración público-privada y cuyo devenir demuestra que en el origen de los modelos públicos o privados no podemos colocar como piedra angular la falta de dinero. Y esto vale en uno y otro sentido.Igual de erróneo es sustentar el afán por privatizar un ente como AENA Aeropuertos por un mero afán de liquidez en las arcas del Estado y/o para quitarse el muerto de sus pérdidas, como tener que salir a rescatar a las autopistas radiales de peaje porque los concesionarios transitan por la ruina.Eso es cortoplacismo, desesperación y una enorme distorsión porque al final decantamos la balanza por un modelo público o un modelo privado en función de la cuenta de resultados, como si lo público o lo privado fueran los causantes principales de los agujeros negros en la rentabilidad y/o en la ineficiencia de los servicios y su calidad. Si algo público va mal, “¡PRIVATIZA!”. Si algo privado va mal, “¡NACIONALIZA!”.Es así de maniqueo, pero incluso puede ser peor, porque también está el caso de que si algo público va bien se apuesta por privatizar para sacar tajada (¿Loterías?) y si algo privado va bien (para esto no hace falta ser una dictadura y ejemplos con empresas españolas en otros países tenemos a mansalva) se apuesta por nacionalizar para que no se escape nada. ¿Qué cuál es entonces la clave? Pues que los problemas no están en los modelos de gestión, sino en la gestión en sí misma y para dilapidar y hundir una compañía o dispararla en rentabilidad da igual si eres público o privado.Por eso, a la hora de hablar de la privatización de AENA (qué curioso que algunos hablen de precipitación cuando este asunto lleva más de un lustro sobre la mesa), de la privatización de Renfe, de la privatización de las terminales de mercancías de Adif o incluso de la privatización de las autoridades portuarias (ejemplo de cómo algo que funciona quiere ser absorbido por entes privados para sacar tajada) deberíamos dejar un momento a un lado la pasta y discutir primero si en estas sociedades e infraestructuras hay un bien público y un interés estratégico como país que necesita ser preservado, supervisado, impulsado, mantenido, defendido y garantizado. Como en la mayoría de los ejemplos mencionados es el caso, actuemos en consecuencia, preservemos el interés público y gestionemos. Esas deben ser las premisas. Puede hacer falta financiación externa para arreglar desmanes pasados o llegar inversores privados interesados en participar, estupendo. Los porcentajes son secundarios mientras, reitero, se garantice el interés público y se sea rentable y con calidad. ¿Complicado equilibrio? Nadie dijo que esto fuera fácil...