En nuestro país todavía vivimos un sistema que es una rara mezcla de lo público, lo privado y lo político. Hoy en día, un directivo de una terminal que tenga clarísimo qué hacer para concretar los mejores resultados para sus accionistas, a corto, medio y largo plazo, ha de convencer a unos estibadores portuarios que no dependen de él, a unas autoridades portuarias que han de dar explicaciones a "la central", que se debe a sus políticos, que se deben a su vez la prensa como prescriptores de votos. Y todo eso, teniendo que tomar decisiones ejecutivas a cada instante. Para volverse loco. Mientras en los puertos tratan de completar el desesperante juego de los discos chinos, moviendo los palitos constantemente y de forma coordinada para que no se te hagan añicos los platos de tu sopa, el mercado sólo tiene un norte, un dios y unos intereses. Hacen su marcha de forma unilateral. Ya le seguirá el puerto que quiera, pueda o le dejen.El amigo lector pudo leer ayer mismo en estas páginas el magnífico trabajo de nuestros redactores sobre los barcos de 18.000 TEUs que ya son una concreta realidad, no sólo por los que ya están navegando, sino por los que están en astilleros o los que se han pedido a la industria naval. También son normales las alianzas entre navieras. Como siempre, pero más. Ponerse de acuerdo entre competidores, limar asperezas y remar en una misma dirección ha sido, con todo, tan fácil como complicado resulta siempre en los Puertos concretar inversiones y acuerdos con la agilidad con la que lo están haciendo las navieras. De muelles para afuera, mar adentro, las navieras se concentran exclusivamente en establecer lo antes posible los parámetros de competitividad que requiere o requerirá el mercado. De muelles para adentro, un directivo de una terminal dedica una parte de su tiempo en reuniones de comisiones, observatorios y grupos de trabajos. Otra parte en vigilar, eternamente, variados y diversos convenios, de distinto calado y de diferente relación con él, pero todos con el condicionante común de que te paran el puerto en cuanto les dé la gana. Han de vigilar con la misma pasión la imagen de su puerto para que no moleste a las inversiones que requiere mantener competitivo el servicio. Hay que estar atento, por tanto, a la prensa, para ver con qué pluma se ha levantado hoy el plumilla de guardia, y calibrar cuánto del trabajo continuado de promoción y defensa de su enclave se ha cargado de golpe la cucharada del mala baba del día. No ha de perder de vista a políticos locales, nacionales e internacionales para ver cuánto restan a inversiones de futuro para comprar votos de hoy. Ha de moverse con agilidad, como lo hacen los navieros esos que sólo tienen un una meta: ser más competitivos. Las empresas destinadas a atenderlos tratan de moverse con esa misma agilidad y tratan de hacer el pino puente si hace falta, pero con una armadura puesta, en la que, además, han metido un montón de señores y factores cuyo interés, lejos de la coordinación necesaria, distan de estar sintonizados. Las navieras saben lo que quieren. Los elementos que influyen en la logística también tienen claro sus intereses. Lástima que cada uno quiera una cosa. La logística es y será unidad de esfuerzos, coordinación y agilidad. En los puertos que no sea así se quedarán sin ella, poco a poco, o de golpe.