Chismorreos de patios de vecindonas y charlas de cafetería, tan corrosivas como mal intencionadas, habrían de dejar paso más pronto que tarde a que se ponga el foco en la que se nos jugamos ahora: el futuro del enclave interoceánico, que es como decir el futuro de la economía de la región. En estos momentos, aunque cueste, hay que dejar a un lado a junta-letras, cobardes, acusicas, "reptilíneos" y marisabidillos, para que nos concentremos en lo que realmente importa. Nos la estamos jugando, y todos los esfuerzos y todos los ánimos van a hacer falta para la batalla que se nos avecina, que es casi la misma de cada día, aunque algo más importante y bastante más difícil. O seguimos caminando en la senda de la creciente competitividad o ya nos podemos ir despidiendo de los gigantescos logros conseguidos. Una gran cantidad de contenedores se están largando ya de los muelles valencianos por no darles la atención que les dan en otros enclaves del sur de Italia o del norte de Tánger. Esa es la cuestión: la sangría de futuro. La hemorragia que hemos de parar como sea para lograr ese más difícil todavía con el que el sector vive cada hora: mantenerse y crecer. Parece fácil desde fuera, incluso baladí. Pero, tome nota el amigo lector, que luego nos olvidamos de todo, que cuando el Puerto de Valencia cuaje una bajada de tráficos como la que se va a producir si no nos ponemos las pilas todos, entonces, y sólo entonces, todos los focos mediáticos, todos los mentideros, todas las cafeterías, y todos los conspiradores se dedicarán a hablar de cifras, de cifras y de cifras. No nos van a sorprender, ni nos ha de importar ni desgastar más estos anecdóticos farfollas. Valga lo que estamos viviendo en ese campo, lo que vivimos en tiempos pasados y lo que volveremos a vivir, como una anécdota más. Nosotros a lo nuestro que, lo crean o no, es lo de todos. Pelear por un sistema de estiba que escuche los clamores del mercado, que vea que las amenazas ya se están cumpliendo, que los contenedores se van hoy, señores míos, y los barcos no van a venir mañana. A luchar por atraer nuevas inversiones que optimicen las instalaciones para atender competitivamente la nueva generación de megabuques que ya se construyen, que ya navegan. Soy pesimista, yo como muchos agentes portuarios que ya no saben qué cabellos mesarse ante tanto dato oscuro, ante tanta actitud ciega. Todo el amplísimo conocimiento profesional, la experiencia, la unidad, el ánimo y la capacidad inmensa de trabajar mucho y ganar poco, se necesitan hoy, de nuevo, al máximo, para ver si somos capaces, otra vez, de mantener el puerto en los niveles de actividad que tanto y tanto ha costado conseguir, a pesar de tantos y tantos. La comunidad portuaria, no sólo en Valencia, sino también en todos los grandes puertos españoles, ha de remangarse y centrar sus esfuerzos, más allá de que a algunos les dé por jugar con el pan nuestro de cada día, sin saber que ese pan también es suyo. Lo sabrán, con rotundidad, cuando no haya pan, que va a ser muy pronto como sigamos así. Lo dicho, no podemos desperdiciar nuestras fuerzas debatiendo si son tontos o perversos o las dos cosas, que también tiene mérito. Nosotros a lo nuestro, aunque no se den cuenta de que también es lo de ellos. Si cuando hacemos las cosas de 10 nos inventan suspensos, imaginen cómo será el tema si se desploman los tráficos. Ríete tú del infierno de Dante.