Someter a una infraestructura de la magnitud de los grandes puertos españoles a un control burocrático y político más allá de la necesaria coordinación de recursos, como garantía de su mejor uso "de interés general", lastra a base de burocracia y burócratas estructuras productivas que habrían de ser especialmente libres y rentables. Cuando un puerto establece una idea de futuro, sólo quedan dos cosas: aprobarla si ha lugar, y ejecutarla cuanto antes. Años de papeleos y despachos para cualquier obra, grande o pequeña, inocua o delicada, no son de recibo en ninguna iniciativa empresarial, mil veces menos en estructuras que son, o habrían de ser, empresa por encima de todo. Son las instalaciones portuarias una fuente de ingresos y generación de riqueza que arrastran la gran pena de que no se acaben de taponar los resquicios por donde se nos va la fuerza. El poder logístico español está ahí, y va siendo hora de que, más allá de mirarlo con recelo y desconfianza, nuestros gestores de la autorización, los maestros del permiso, los vigilantes del acuerdo y las máquinas de poner multas se dejen de joder con la pelota y aporten más soluciones que problemas, más ayuda que trabas. Ganarse el sueldo no ha de pasar por putear más la marcha de este o aquél proyecto portuario, de este o aquél acuerdo entre empresas o asociaciones, pasa por colaborar en corregir rumbos, agilizar papeleos, matizar tramitaciones. A cada error que pueda cometer una autoridad portuaria y el sector empresarial que le da sentido, nuestros magnos burócratas deben hacer dos cosas, llamar la atención sobre lo que se hace mal, lo antes posible, y ponerse a trabajar para ayudar a hacerlo bien. El objetivo puede ser recaudatorio, y no nos parece mal objetivo, siempre y cuando se entienda que se puede recaudar mucho más empujando el carro o dejando que ruede, que poniéndole palos en las ruedas, arena en el engranaje. Algún día se cuantificará la injusticia suprema que conlleva la justicia mal entendida. La burocracia multiplicada en distintos frentes, la ralentización infinita de sentencias, la muerte por abandono de proyectos eternamente a la espera de dictamen. La burocracia administrativa no puede vivir de espaldas al objetivo de su existencia: colaborar al máximo para que se consiga el bien común. Coordinar administraciones de justicia, gestión de documentos y permisos, logro de autorizaciones, se hace necesario siempre. Tanto más imprescindible cuanto más afectados pueda haber. Las ventanillas únicas empresariales que realizan una labor tan oscura e ingrata como inútil, deberían existir, pero de verdad, también, y quizás sobre todo, para las más grandes de las estructuras de generación de trabajo que conozco: las instalaciones portuarias. Ante la excusa de que no hay recursos para agilizar la ayuda a la correcta y rápida tramitación, piensen en la cantidad de millones que cuesta la ausencia de esa efectividad y de esa agilidad. Como para contratar ciudades enteras de burócratas, de esos que te digan ¿en qué le puedo ayudar?, y que, además, lo piensen de verdad.