Pepito ya no es presidente, sino que el presidente pasa a ser Pepito, o no. Depende de si le da la gana. Que menudo es él para sus cosas. El nombre, la persona, se convierte en una característica, un apéndice, del cargo. Extirpable y extirpado en muchos casos. Eso del creerse que uno es especial es algo intrínseco al ser humano, pese a que la única certeza cierta que preside nuestra existencia es esa de que no somos nada. Absolutamente nada. Ser especial significa, no sé si se habrán dado cuenta, ser mejor uno que otros. No me gusta eso de ser especial. Realmente todos somos únicos, que es muchísimo más importante que ser especial, y además no se menosprecia a nadie. La lucha, cuando te dicen que eres algo, es conseguir serlo sin renunciar a ser persona. Uno va conociendo a un amplio abanico de los mencionados cargos y "carguetes", y es muy curioso ver cómo la enfermedad de creérselo se va apoderando de algunos de ellos. Desde que llegan al poder hasta que acaban enfermos de distorsión, suele haber un proceso lento e implacable que va convirtiendo a la persona en personaje, para dejarlo luego hecho un completo personajillo, al que sólo se le puede hablar como hace todo su entorno, con la boca llena del alimento que él te conceda. Si vocalizas bien, a su altura, de frente y mirándole a los ojos vas a parecerle un extraterrestre. Sólo si esa persona es o era muy pero que muy amigo, puedes hacerle el favor de decirle lo que piensas. No, no es que te vayan a hacer caso, pero igual no te castiga. Cada cierto tiempo, los cargos deberían dejar el cargo y volver a mezclarse con el mundanal ruido, tratarse con la plebe unos añitos y volver luego, si procede, a ese o a otro cargo. Si vives de la paga año tras año, sumergido en el coro de alabanzas, más pronto que tarde no devolverás llamadas, no contestarás mails, no recibirás a casi nadie y tu círculo se irá reduciendo hasta la asfixia por sobredosis de edulcorante. Creen que pueden tener otras normas y saludan o no, sonríen o no, cumplen la ley, o no. Casos, muy pocos por desgracia, se están dando ya en los que al tratar de evitar la realidad a toda costa acaban teniendo un aterrizaje forzoso y seco, de golpe, rotundo. Perder de vista el suelo es la mayor equivocación posible. Nuestros dirigentes se olvidaron de él, pensando que nunca más volverían a necesitarlo, porque su vuelo sería infinito y no haría falta aterrizar jamás. Así, en vez de aterrizar, alucinan y alunizan, cuando pasan directamente de los altares inventados a las cárceles concretas, por no haber querido pasarse de vez en cuando por la calle. Eso les hubiera evitado pasar de golpe a las cloacas, de donde parece más que demostrado que nunca debieron salir.