Me preguntaba el otro día si después de una tormenta llega la calma o el caos. Pues no lo tengo demasiado claro, pero es evidente que nos sitúa ante un cambio de escenario.Pasada ya la tromba de agua uno se ubica bajo el techado observando cómo va escampando, cómo el cielo vuelve a retomar color y las nubes se alejan dibujando formas extrañas. Lo mejor, sin duda, ese agradable olor a tierra mojada tras la tormenta veraniega. Impagable, sin duda.Después de estas últimas semanas de tormenta, jalonadas con paros, preavisos, huelgas, principios de acuerdo y derivados, buscaba yo ese aroma inconfundible que nos indica que lo peor ya ha pasado... y no lo llego a encontrar. Lo intuyo, pero no lo capto bien.Será, qué cosas tengo, que en el fondo existe la sensación de no haber cerrado el círculo. Tras semanas de tensiones, negociaciones y de tremendas vueltas a la cabeza, un acuerdo acaba de repente con todas esas percepciones y se vuelve de repente al letargo o la calma chicha a la espera de que otras nubes de evolución vertical nos anuncien que se avecina otra inestabilidad. Gran error.No tengo ninguna duda. Es ahora, cuando la tierra está todavía húmeda, cuando todavía se ve el surco del camino del ir y venir, cuando se han establecido cauces adecuados de comunicación, cuando debemos echar el resto y seguir trabajando para llegar un poco más allá.El objetivo más ambicioso, sin duda, sería el famoso pacto por la estabilidad o, dicho de otra forma, el compromiso formal de las partes para no repetir los errores cometidos, que son varios y graves.Si tienen a bien quitarse de la cara la media sonrisa que les acabo de provocar y dedican unos pocos segundos a analizar la propuesta, seguramente coincidirán conmigo en que no habría un final más feliz.Se trata de ser muy ambicioso, de no conformarse con el acuerdo alcanzado (que siempre tiene fecha de caducidad) y de volver a sentarse con la misma perseverancia y ahínco que demostramos cuando existe una necesidad perentoria.Vamos a buscar un pacto y un compromiso contundente que nos permita ofrecer al mercado un nuevo valor añadido: la estabilidad garantizada. A partir de ahí vamos a dotar al mecanismo de la flexibilidad necesaria como para poder adaptarlo a las necesidades de cada momento y vamos a articular las vías de comunicación necesarias que nos permitan dar vida al acuerdo.¿Difícil? No, lo siguiente. Pese a todo sigo totalmente convencido de que el primer colectivo que logre algo parecido se desmarcará definitivamente del resto.