Como les digo, más allá de la gota fría (que debe ser como la versión ibérica de una "perfect storm"), nunca había reparado en el simbolismo que puede llegar a encerrar una tormenta.Tan aficionados como somos a adoptar en nuestro vocabulario los términos más molones, no es de extrañar que todo esto de la tormenta perfecta se haya instalado ya en el imaginario colectivo.Me comentaba el otro día un profesional de este sector que estábamos "a las puertas de una tormenta perfecta" y, la verdad, dicho así de golpe, sin previo aviso y sin mediar explicación... la expresión acongoja un poco. Argumentaba que en el sector logístico-portuario se están dando todos los condicionantes necesarios para que se genere un conflicto a gran escala y no tenía duda alguna de que así va a ser.Lo peor del argumento de este profesional no es el alarmismo que transmitía, no. Lo más trágico es que no era la primera vez que lo escuchaba.En muchas ocasiones se pueden dar todos los condicionantes necesarios para que prenda la llama; ahora bien, si no hay chispa nos podemos ir olvidando de todo lo demás. En el caso que nos ocupa, y seguramente será cosa mía, tengo la sensación de que hay demasiados intentos de chispa, tantos que se ahogan unos a otros.Si a la sociedad en general ya le cuesta comprender las particularidades de nuestro sector logístico, no les digo nada cuando se enfrentan a noticias que relacionan a estibadores, empresas estibadoras, puertos, autoridades portuarias, transportistas, empresas... al final todo va a parar al mismo saco y la conclusión es que hay conflicto en el Puerto, como siempre.Los colectivos que legítimamente están ahora en pie de guerra tienen sus particulares motivos, sus razones y sinrazones. Elevan sus protestas y plantean sus movilizaciones sin pensar, y quizás no tienen porqué hacerlo, que su colectivo vecino está en las mismas.En realidad no sé bien a quién compete, ni siquiera sé quién tendría autoridad suficiente en el sector como para abordar esta cuestión de forma global sin necesidad de perderse en los entresijos del gobierno central, pero lo cierto es que al final el perjudicado es el puerto, su credibilidad, fiabilidad y estabilidad, condiciones necesarias para seguir en el punto de mira de inversores privados y navieras.Cuando nos preguntemos por qué ya no nos eligen deberíamos mirarnos de nuevo al ombligo y cuestionarnos si lo que hemos hecho no es más que escupir contra el viento.Al final todos, y ni siquiera excluyo a los medios de comunicación, tenemos una parte de la responsabilidad y entre todos deberíamos ser capaces de organizarnos un poco mejor.¿Utopía? Tal vez. Lo mismo que intentar navegar en una tormenta perfecta y salir con vida.