Pero lo que trae al caso de esta canción, está más en la letra que en la música o el intérprete. La letra de ‘Walk a mile in my shoes’, que se traduciría por ‘Ponte en mi lugar’, viene a ser el primer mandamiento en cualquier proceso de resolución de conflictos, incluido el que asoma en la estiba española: “If I could be you, if you could be meFor just one hour, if we could find a way to get inside each other's mindIf you could see you through my eyesInstead your own ego I believe you'dbe I believe you'd be surprised to seeThat you've been blind”.“Walk a mile in my shoesjust walk a mile in my shoesBefore you abuse, criticize and accuseThen walk a mile in my shoes”.Claro que no es fácil encontrar el modo de penetrar en la mente del otro, ni ver a través de sus ojos, ni mucho menos reconocer que uno ha estado ciego y que lo que le cegaba era su propio ego. Y sí, antes de descalificar, criticar y acusar, todos deberíamos caminar una milla con los zapatos del otro. Pero no nos da la gana, porque todos queremos que sea el otro quien se adapte a la horma de nuestro zapato. Y no al revés. Es la condición humana. Ni más ni menos. En estos días en los que la estiba copa los titulares de la prensa especializada, con sus Acuerdos Marco y sus Convenios, con sus llamadas a la Responsabilidad y a la Paz Social, y con su fraseología laboral-sindical al uso, uno trata de digerir toda esta información sin que le provoque un corte de digestión. Porque, sinceramente, a quienes calzamos la talla de zapatos que utiliza la inmensa mayoría de los ciudadanos, incluidos 6 millones de parados, nos cuesta entender el por qué de este rifi-rafe en la estiba, los intereses creados alrededor de un sector que, siendo clave para la competitividad portuaria, está claramente sobrevalorado en muchos otros aspectos. Que se lo pregunten si no a un recién licenciado en Ingeniería, Arquitectura o Derecho, por ejemplo, que sueña no solo con alcanzar las condiciones salariales y laborales existentes hoy en la estiba, sino de acceder al mercado laboral. Y sin embargo, ni siquiera tienen voz para alzarla. ¿Demagogia? No, realidad. Honestamente, lo más cerca que he estado de ponerme en los zapatos de un estibador fue la semana pasada en Holanda, manejando durante cinco minutos el joystick de una reachstacker, moviendo un contenedor de 28 toneladas. No me pareció mal oficio. Y al parecer, es bastante más rentable que el que ejerzo aunque me temo que esta nueva “vocación” me llega demasiado tarde.Frivolidades al margen, es evidente que los derechos de un determinado colectivo de trabajadores no se consiguen rebajando los de otro colectivo, sino haciéndose respetar y haciendo valer dichos derechos. Pero al menos, deberíamos encontrar alguna fórmula para que todos pudiésemos caminar una milla en los zapatos del otro. Tal vez así caeríamos en la cuenta de que era nuestro propio ego el que nos nublaba la vista.