Se supone que todos servimos para trabajar, que una persona es un trabajador en potencia, que quien no tiene aptitud se le forma, que quien no tiene actitud, se le pone un "coach" y acabará sirviendo, que todo el mundo ha de trabajar. Esas premisas puede que sean ligeramente "inexactas". El empeño en hacer de cada persona un trabajador nos está llevando a la ruina. Para trabajar sirve quien sirve, e intentar hacer un trabajador de todos y cada uno de los seres humanos, supone un gasto absolutamente insufrible. Lo que ha de importar es que un trabajador cueste y cobre lo que valga. El problema es que nos empeñamos en conseguir que ese loable objetivo lo alcance todo el mundo. Insistimos, durante meses, años, lustros, toda una vida, en "hacer un hombre de provecho" de aquel que lo único que quiere es que lo dejen en paz. Imaginemos que hacemos caso a ese deseo gritado y, sencillamente, le damos una paga a quien opte por no trabajar, porque no pueda, o porque no quiera. Imaginen que ciertos listos, algunos bohemios, determinados místicos, reflexivos, vagos, maleantes, trileros del tiempo, inexactos perpetuos y otros derivados, dieran un paso al lado, con su paga y todo, y dejaran a los demás trabajar... Sin acritud, sin que nadie se enfadara. La productividad se multiplicaría y los costes se dividirían. Además de haber recursos para todo el mundo. El objetivo es vivir y vivir bien. Y eso no ha de ir vinculado siempre a trabajar, sino a trabajar bien, aunque no todos trabajen. No hay que aspirar al pleno empleo, sino a la plena profesionalidad. Que trabajador y profesional no solamente no es lo mismo, sino que son conceptos antagónicos las más de las veces. Imaginen, antes de mandarme a los leones, que un funcionario clásico, de los de antes, en vez de costarnos 2.000 euros por estar y ni hacer ni dejar hacer, nos cuesta 500 por no estar. Piensen en que pudiéramos poner a personas con ganas, competitivas y válidas, a trabajar. No dudo en que sacarían la productividad de 3, 4 ó 5 de quienes no quieren o no pueden, o ni quieren poder o ni pueden querer. A ese señor que realmente quiere trabajar, sin matarse ni nada, le tocarían, por sustituir la presencia de cinco, incluso algo más de dinero, digamos 2.500. El coste final es la mitad, la productividad la misma o mayor y todos tan contentos. No se puede obligar a nadie a trabajar, son conceptos contrarios, igual que no se puede obligar a ninguna empresa a contrastar o a mantener los puestos de trabajo. Para crear puestos de trabajo hay que ser realmente empresario. Para trabajar se debiera ser profesional, es decir, y lo dice la Real Academia, no yo, profesional: "persona que ejerce su profesión con relevante capacidad y aplicación". No nos confundamos. No hay nadie mejor ni peor, ocurre que, igual que no podemos pedir que todos seamos empresarios, tampoco deberíamos dar por sentado que todos pueden llegar a ejercer una profesión "con relevante capacidad y aplicación". La de tiempo, dinero y competitividad que ganaríamos si empezáramos a reconocerlo de una vez por todas. Y más en estos tiempos.