Mi abuela Inés, que en gloria esté, vivió toda su vida en un piso alquilado del Barrio de Tetuán, puerta con puerta con su casera. Así llamaba ella a aquella señora que trataba con suma cercanía cuando nos la cruzábamos en la escalera pero sobre la que rumiaba finas ironías y resabios borrascosos al doblar la esquina, tan incomprensibles como perceptibles para un niño.Lo cierto es que cultivé cierta animadversión hacia aquella señora de gafas oscuras, pelo níveo, estrábica de soslayo, incisivos amarillos, colmillos plateados y carcajada aguda y ostentosa, “la casera, la casera”, murmuraba yo mientras subía las escaleras, y la sentía como siempre, escrutando por la mirilla tras la puerta y con unas llaves férreamente apretadas en su mano izquierda, de la que colgaba la bola de un llavero barato.Les aseguro que por bisoñez o por sordera no había vuelto a escuchar nunca con nitidez la palabra “casero/a” hasta que allá por el 2000 me adentré en los pastos del Centro de Carga Aérea de Barajas y comencé a percibir un latente distanciamiento entre los usuarios y el promotor de aquella instalación, CLASA, multiplicado con los años de forma exponencial y definitiva, fruto de la estrategia de la extinta gestora de los centros de carga aérea de España de centrar su estrategia en el negocio inmobiliario.CLASA terminó por ser el casero, con toda la carga peyorativa que conllevaba el sentir a esta entidad como alguien dedicado única y exclusivamente a cobrar los alquileres y maximizar su beneficio.En estos tiempos de desencanto de las empresas públicas y su modelo de gestión, parecía lógico esta apuesta por la gestión empresarial, el sometimiento a criterios de mercado y el sustento sobre los pilares de la rentabilidad y el beneficio.Ahora bien, el resultado matemático de esta deriva fue que las infraestructuras más competitivas para empresas logísticas existentes en España, los Edificios de Servicios Generales de los CCAs, fruto de su privilegiada ubicación y de la concentración de operadores y servicios, se vaciaron alarmantemente en los últimos años y perdieron más del 50% de sus inquilinos hasta quedarse, incluso, sin algunos de sus valores esenciales, como la referida concentración.Sí, CLASA tenía todo el derecho a igualar las condiciones económicas de sus edificios a las del resto de oficinas de la zona, a imponer las mismas cláusulas y avales e, incluso, a cobrar el metro cuadrado en referencia al valor objetivo de estar en primera línea de un aeropuerto. Claro que CLASA olvidaba que era una entidad pública, que explotaba unas instalaciones públicas, sobre suelo público, construidas con interés público y, ojo, al servicio de las necesidades y la promoción de las empresas y la industria de la carga aérea.CLASA obvió su norte y, sobre todo, obvió que su misión no era ser el casero de la industria de la carga aérea española: su misión era ser su aliado y, además, preferente.Hay que aplaudir que AENA Aeropuertos, la nueva gestora de los Centros de Carga Aérea españoles, haya entendido este matiz a la primera. Su decisión de reducir los alquileres un 30% de media en los Edificios de Servicios Generales es una grandísima noticia que evidencia un cambio de sensibilidad radical, una nueva estrategia que apunta hacia el impulso coherente del sector de la carga aérea y que demuestra que es posible ser casero y ser aliado, ojo, sin subvenciones ni regalando nada, pero tampoco friendo al sector y alejándose de su razón de ser esencial. ¡AENA, así sí!