Marc Vidal posteó hace unos días en Linkedin el curioso momento en que dos taxis autónomos en San Francisco llegan a un cruce y se ven en la tesitura de tener que cederse el paso. Durante algunos minutos uno y otro van hacia adelante y hacia atrás, sin decidirse, entre la cortesía y la búsqueda de alternativas, mientras el atasco se va formando y sus algoritmos son incapaces (de momento) de resolver cuestiones que los seres humanos llevamos milenios resolviendo mediante algo que se resume con esa frase tan española de “tirar por la calle de en medio”. Bueno, resolviendo o intentando resolver.
Se lo dice un peatón que diariamente camina por las repletas aceras de Madrid y exprime al máximo la capacidad de bloqueo mental del resto de peatones así como la propia. Ya sea porque soy zurdo, ya sea porque soy de paso indeciso, ya sea por lo que sea, es extraño el día en el que, da igual si es una acera estrecha, si es una acera ancha, si es un paso de cebra o si camino por mitad de la calzada: termino enfilando a todo peatón que viene de frente.
Hay algo en el instinto, es un pálpito. Tienes tiempo y distancia, margen de reacción más que suficiente, pero es alzar la cabeza en lontananza, es cruzar las miradas y percibir con seguridad que se va a desatar el conflicto y... comienza el baile.
Mi primer impulso, como los morlacos, es echarme a tablas. Me refugio en la pared, o en los coches, o tal vez no tiene nada que ver, porque más bien lo que pasa es que lo de ser zocato despierta mi espíritu inglés y me afano en circular por la izquierda, si bien el que viene de frente defiende su derecha y yo me percato y cambio el paso y el otro se percata y cambia el paso y sublimamos la yenka hasta casi rozarnos. He llegado a poner en prácticas alternativas como cerrar los ojos y exigirme “aguanta, aguanta, aguanta por la izquierda, no cambies el paso, aguanta...” sin éxito alguno. También, en cuanto percibo que va a haber cortocircuito, he probado a detenerme en seco, quedarme parado, pero termino siendo como un imán, tal vez por la curiosidad de saber cómo de grande es la mierda de perro que me ha frenado o en qué punto exacto va a caer de la terraza el tiesto de geranios.
El viernes, recién salido de la Fiesta de la Logística de Madrid y aún con el traje “reglamentario” de Diario del Puerto, participé en Editorial Kolima en la Noche de los Libros para seguir hablando de literatura, de política y de mi novela “El cese”.
A lo mejor nunca vamos a estar preparados como seres humanos para decidir
Entre todos los participantes me interesó especialmente la intervención de Pilar Llácer, autora de la obra “Por qué deberías tener un filósofo en tu empresa”, sobre todo por sus palabras en torno a la inteligencia artificial, el ser humano y la ética. Habló Llácer de cómo en este contexto los seres humanos dispondremos de tres sentidos insustituibles como el tacto, el gusto y el olfato y su capacidad de transportarnos a nuestras vivencias, como Proust y su magdalena. También Llácer puso el énfasis en que llevamos millones de años como seres humanos intentando demostrar que somos diferentes a los animales y ahora entramos en la era en la que toda nuestra capacidad de cuestionamiento va a ser puesta a prueba para demostrar que somos diferentes a la inteligencia artificial.
El reto es que en ese proceso habrá que tomar decisiones y el ámbito de la logística y el transporte es un paradigma sin igual.
La era de los camiones, de los barcos, de los aviones o de los trenes absolutamente autónomos está frente a nuestros ojos y en su diseño hay que decidir sobre cómo han de decidir ante situaciones en las que los humanos nunca hemos decidido ni podido decidir racionalmente.
Ya hemos hablado muchas veces de esa situación hipotética en la que un camión autónomo debe responder ante el cruce imprevisto de una anciana en la calzada. Hasta ahora, en décimas de segundo, el conductor decidía o no, frenaba o no, con más o menos fuerza, daba un volantazo o no y las consecuencias no tenían más juicio que el de la desgracia, el imprevisto y determinar si hubo imprudencia. Claro que, a partir de ahora, deberemos decidir sobre qué decisión debe tomar el camión, según cada momento, según sea el margen y determinar cuándo el algoritmo debe salvar la vidade la anciana, cuándo debemos poner a salvo la carga o cuándo dejamos que el camión vuelque y se lleve por delante a quienes caminan ajenos por la acera... si es que hay alguien en la acera.
Es más, deberemos decidir cuál es el margen de lo inevitable, cuándo realmente no se puede hacer nada... O a lo mejor nunca vamos a estar preparados como seres humanos para decidir estas cosas. Y ahí es cuando me veo diariamente por la acera, incapaz de aclararme con el rumbo del tipo que viene de frente... y recuerdo un día que terminé físicamente dándome de bruces con una señora: “¿Está usted idiota?”, me dijo. Y yo callé avergonzado y ahora caigo en la cuenta de que lo que me pasa es que no he resuelto mi algoritmo... así es que como para resolver el de la IA.