Entre los que vendieron de la noche a la mañana el carro, los que se gastaron la plata ahorrada por su mamá, los que mandaron a cagar el laburo por no obtener permiso y los que se hicieron regalar el pasaje y los boletos a costa de dejar a la mujer a cargo de la beba recién nacida, este mundial de fútbol nos ha demostrado la obsesión de los simples mortales por sentirnos también héroes y que nuestra odisea para llegar hasta el estadio se sume a la odisea de los futbolistas por estar en la final. Eso sí, el sueño americano siempre llega a tiempo para darnos con el mazo, de tal forma que mientras los hinchas desencajaban sus ojos entre el orgullo y la vergüenza al narrar todo lo sacrificado, la televisión se reía de ellos con la gota malaya de los rostros adormecidos e insultantes de las forradas y requeteforradas estrellas del orbe, actores, actrices y cantantes repantigados y adormecidos en palcos y tribunas, sabedoras de que el mayor esfuerzo por estar allí lo había hecho desde la tablet su representante. Por cierto, entre esa galaxia de beatiful people que asistió a la final no brilló nuestro ministro de Transportes, Óscar Puente, presente el domingo en Nueva York para intervenir al día siguiente en un foro de movilidad en Naciones Unidas. La lógica y la agenda hacían pensar que pudiera tener su hueco en el palco, dada su afición, pero no hubo opción. El protocolo y el espacio limitado solo permitieron tomar asiento a Pedro Sánchez, Carlos Cuerpo y Carmen Tolón.