Menú
Suscripción

¡Fiiiiiiiir...mes!

  • Última actualización
    02 febrero 2026 05:20

Dado que no pude embarcar en Naviera Pinillos para hacer las prácticas necesarias para conseguir ser piloto de la marina mercante, decidí hacer el servicio militar. En aquella época, finales de los años 50, la mili era de dos años, pero a mí se me quedaba en uno por ser alumno de náutica. De esta forma, mi mili consistiría en tres meses en el cuartel de instrucción de Cartagena y nueve a continuación embarcado en un buque de guerra como timonel señalero.

De mi paso por la Marina los mejores recuerdos que tengo están vinculados a un compañero de la mili que también era amigo mío de Valencia. Su nombre, Ramón Romero (q.e.p.d.), “Moncho” para los amigos y, como yo, alumno de Náutica. Moncho era en casi todo diferente a mí. Si yo era cumplidor y amante de las cosas bien hechas, Moncho era todo lo contrario: despreocupado, divertido y un “pasota” total como dicen los jóvenes de hoy. Eso sí, buena persona y buen amigo.

Estando los dos pasando el periodo de instrucción en Cartagena, Moncho empezó a hacer de las suyas. Como en cualquier colectivo humano, en la mili te encontrabas con todo tipo de personas y personajes. Uno de ellos era un compañero, asturiano, que siempre andaba haciendo la pelota a los superiores buscando obtener ventajas. Como es de suponer, a nadie caía bien y Moncho buscaba la forma de darle una lección al pelota. Como él era Romero de apellido y yo Roca, con frecuencia coincidíamos en los servicios, y una noche en que Moncho y yo estábamos de imaginaria, es decir vigilando el sueño de los compañeros, Moncho se acercó con sigilo a la litera donde dormía el asturiano, observando que por el frío que hacía dormía todo él tapado con la manta incluyendo la cabeza.

Los “monchos” son fundamentales para arrancarnos las sonrisas necesarias que nos hagan mirar con esperanza cada día

Para mi sorpresa, y saltándose la prohibición de fumar, encendió un cigarrillo soltando el humo tras cada calada dentro de la manta que cubría por entero al asturiano durmiente. Después de exhalar el humo varias veces nos alejamos a toda prisa a la espera del resultado, y este no tardó en producirse. Un terrible grito despertó a toda la compañía que hasta ese momento dormía tranquilamente. El asturiano dio un salto en la cama y, ahogándose, no paraba de toser congestionado. Moncho, imaginaria como yo, decía que le habría dado un ataque por lo que el cabo de guardia nos ordenó llevar al asturiano a la enfermería, donde acabo tras el merecido castigo de Moncho.

Moncho era capaz de hacer de las suyas hasta en la instrucción. Cuando desfilábamos en el patio y ordenaban “media vuelta”, él, en lugar de volverse como todos, seguía desfilando de frente ¡pero andando hacia detrás! para risa y desconcierto de todos los compañeros de fila. Y no sé cómo, pero tenía la habilidad de darse la vuelta poco antes de que el sargento instructor se girara para ver lo que pasaba!

$!Fotograma del NO-DO Revista Imágenes 299: Enseñanza Naval - Brigadas de Instrucción de Marinería (Cartagena, 1949).

Como es de imaginar, no siempre le salían bien sus trastadas, y en cierta ocasión fue castigado con una imaginaria extra, lo que le molestó sobremanera y le llevó a maquinar su particular venganza. El cuartel organizaba unas regatas al final del periodo de instrucción. Nuestro bote, de unos ocho o nueve remeros por banda más un cabo timonel, era el más rápido de la compañía en las regatas preliminares y todos estábamos convencidos de la victoria en la regata final. Moncho y yo éramos los remeros popeles, es decir, los primeros por la popa marcando el ritmo de boga y teniendo al cabo timonel de frente. Y llegó el gran día de la regata final, pero el rostro de Moncho, lejos de mostrar ilusión por la segura victoria en la regata, reflejaba un cabreo enorme por la noche que acababa de pasar castigado de imaginaria. Comenzando la regata, nos dimos cuenta con sorpresa de que el bote “guiñaba” hacia la banda de Moncho, lo que lógicamente nos hacía más lentos perdiendo puestos. Esto era debido a que Moncho, como popel, estaba marcando deliberadamente un ritmo lento a pesar de los gritos de desesperación del cabo timonel. Obviamente quedamos de los últimos, todos estábamos decepcionados salvo Moncho, que veía así cumplida su venganza por el castigo recibido la noche anterior.

$!Fotograma del NO-DO Revista Imágenes 299: Enseñanza Naval - Brigadas de Instrucción de Marinería (Cartagena, 1949).

Con todo, Moncho era una gran persona y mejor amigo. Una de sus últimas fue de nuevo en el patio de instrucción. Los domingos por la mañana, para poder salir de “permiso” teníamos que formar ante el suboficial para que posteriormente el capitán nos pasara revista y nos dejara salir del cuartel. Estando ya en formación (“en su lugar, descanso”), el suboficial tenía la costumbre de gritar ”¡FIRMES!” para ordenar la formación y proceder a la revista. La orden gritada por el suboficial prolongaba unos segundos la i del “¡FIRMES!” convirtiéndose en un “¡FIIIIIIRMES”, para que la compañía tuviera tiempo de ejecutar la orden todos al mismo tiempo. En una de esas, el suboficial comenzó a gritar la esperada orden: ¡FIIIIIIR... pero el ...MES! lo adelantó gritando nuestro amigo Moncho, haciendo que toda la compañía ejecutara la falsa orden y provocando al mismo tiempo la ira del suboficial al ver suplantada su voz por un anónimo recluta. Sabiendo el lugar de donde había salido la falsa orden, y como yo me encontraba delante de Moncho, me miró fijamente diciéndome: “¡Roca! ¡A la peluquería! ¡Córtese el pelo al cero y preséntese al capitán para recibir la sanción correspondiente!”. Ante esa injusticia, no me quedó más remedio que acatar la orden contestando al suboficial: “A la orden, voy a la peluquería, pero yo no he sido”. Fue en ese momento cuando Moncho, saliéndose de la formación, se presentó ante el mismo suboficial diciendo: “He sido yo”. Dándose cuenta el suboficial de su error, fue Moncho quien acabó en la peluquería, volviendo yo aliviado a la formación y habiendo salvado mi domingo de permiso.

Ese era Moncho, tan divertido como buen amigo. Su alegría de vivir y su carácter bromista y ocurrente hizo nuestra mili más llevadera. Moncho era en definitiva una de esas personas que nunca se olvidan por tener la virtud de alegrar nuestras vidas.

En un mundo tan conflictivo como el nuestro, y en estos momentos de tantas incertidumbres, los “monchos” son fundamentales para arrancarnos las sonrisas necesarias que nos hagan mirar con esperanza cada día. Hoy en el cielo seguro que se estarán riendo con alguna de sus bromas.

¡Gracias Moncho!