Este lunes 20 de julio de 2026 podría ser una de las jornadas con mayor índice de absentismo laboral del año. No por una epidemia, ni por una huelga o por una ola de calor. La culpa la tendría el gol de Ferran Torres a las 23:17, hora española, que selló en el MetLife Stadium de Nueva Jersey el Mundial conquistado frente a Argentina. Algunos quizá no hayan acudido al trabajo. Otros habrán fichado puntualmente, aunque solo de cuerpo presente, porque su espíritu seguirá flotando sobre el césped neojerseíta, que es el gentilicio aceptado por la FundéuRAE para Nueva Jersey.
En apenas diez días llegará agosto y el “absentismo” alcanzará su cota máxima. Pero ese sí será el bueno. El legal. El merecido. El que todos esperamos durante once meses y que nadie discute porque las vacaciones forman parte del contrato social entre empresa y trabajador. El problema surge cuando hablamos del otro absentismo. El estructural. El que no responde al descanso, sino a una realidad que se ha convertido en una de las mayores preocupaciones de la economía española. Lo ha recordado el presidente de la CEOE, Antonio Garamendi, al advertir de que el absentismo es ya uno de los principales problemas de competitividad del país. Y los datos, por desgracia, parecen darle la razón.
El absentismo laboral alcanzó en el primer trimestre de 2026 el 7,6%, el nivel más elevado de los últimos años, según un informe de Randstad Research. Cada día faltan a su puesto de trabajo más de 1,6 millones de personas, de las que más de 1,24 millones se encuentran de baja médica. El coste económico supera ya los 59.000 millones de euros anuales.
La pregunta no es cuánto cuesta el absentismo, sino por qué ocurre
La logística tampoco escapa a esta realidad. Transporte y almacenamiento registran diariamente más de 100.000 trabajadores ausentes. Sin embargo, el cliente apenas lo percibe. El camión termina saliendo, el buque zarpa, la mercancía llega y el almacén sigue funcionando. Ese es, precisamente, el gran mérito, y también el gran problema, del sector: la cadena logística casi nunca se detiene. Lo hace gracias al esfuerzo de quienes reorganizan turnos, doblan jornadas, cubren compañeros y absorben una tensión operativa que se suma a la incertidumbre geopolítica, al precio del combustible, a las exigencias medioambientales o a los efectos de fenómenos meteorológicos extremos. La logística soporta el absentismo y raramente puede permitirse trasladarlo al cliente.
Especialmente preocupante es la situación del País Vasco, la comunidad con mayor tasa de absentismo, muy por encima de la media nacional. Pero quizá la pregunta no sea cuánto cuesta el absentismo, sino por qué ocurre. Tras esas cifras conviven realidades muy distintas: enfermedades reales, problemas de salud mental crecientes, envejecimiento de plantillas, desgaste físico en algunos sectores, dificultades para conciliar, desmotivación, falta de compromiso... e, inevitablemente, también abusos.
Resulta llamativo que España figure habitualmente entre los países europeos con mejores índices de calidad de vida y satisfacción vital y, al mismo tiempo, lidere algunas de las estadísticas de absentismo laboral. Tal vez la explicación no sea única. Quizá haya que mirar al sistema sanitario, a la organización del trabajo, a la cultura empresarial, a la gestión de las bajas, al bienestar emocional y a la responsabilidad individual. Un fenómeno tan complejo difícilmente admite una explicación sencilla.
La logística, que siempre encuentra una ruta alternativa cuando una carretera se corta o un puerto se congestiona, debería inspirarnos. El absentismo no se resolverá buscando culpables, sino encontrando soluciones. Porque si algo nos enseña la cadena logística es que los problemas importantes nunca desaparecen solos: se gestionan antes de que acaben rompiendo la cadena.