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Hacia una nueva gobernanza portuaria

Fernando González Laxe

Fernando González Laxe
  • Última actualización
    13 noviembre 2025 05:20

Mucho se ha hablado sobre los diferentes desafíos que poseen las autoridades portuarias de cara a su inserción internacional, respecto de su posición competitiva y en lo que concierne a su gestión diaria como órgano prestador de múltiples servicios. Dicho debate se ha retroalimentado en los últimos años debido a las continuadas reformas portuarias acometidas por diversos países y por la aplicación de diferentes procesos de liberalización de los servicios marítimo-portuarios. Los mayores niveles de competitividad y de rivalidad mundial han avivado el debate y, consecuentemente, exigido respuestas institucionales y empresariales.

La mayor parte de las reformas y su enfoque de gobernanza se han inclinado por modelos tipo landlord- avanzados en detrimento de los modelos privados o de servicios. En ese caso, en la mayoría de las políticas portuarias sobresalen, con diferentes énfasis, ya sean mayores o menores, las dinámicas concernientes a la liberalización de los servicios; a la mayor autonomía en la adopción de decisiones; y los procesos de port-devolution, o cesión de competencias de los estados a las autoridades portuarias. Asimismo, también son reseñables dentro de las nuevas políticas portuarias otras consideraciones de enorme interés, como aquellas que hacen referencia a la nueva regionalización u organización por fachadas marítimas; a la cooperación entre puertos; y a su inserción en las cadenas globales de transporte.

Se apuntan grandes líneas. En primer lugar, las reformas portuarias se caracterizan por el mayor o menor grado de privatización llevado a cabo, ya sea en lo que concierne a las concesiones de los operadores de terminales; en lo tocante a la propiedad de los terrenos; o en lo que atañe a las funciones de las autoridad portuaria. En segundo término, existe una gran diferencia en lo tocante a las actuaciones portuarias según se consideren puertos de gran dimensión o de pequeño tamaño. Los primeros, son objeto de políticas integrales, en tanto que los segundos quedan al albur de cada política nacional o de la intensidad de la presión de los intereses locales. En tercer lugar, se detectan diferentes niveles de intervención y de regulación en lo referente a las dinámicas de liberalización de los mercados portuarios. En unos países, los instrumentos de regulación son numerosos y de gran intensidad; y en otros Estados la supervisión es más laxa. En cuarto lugar, los grados de autonomía o de centralización del poder de las autoridades portuarias varían según países. En algunos casos, se aplican políticas de recentralización de las competencias hacia el Estado (como la reciente propuesta italiana); y, en otros supuestos, la gestión queda en manos de instancias regionales o municipales con sus evidentes modelos específicos (casos belga, holandés o alemán). Finalmente, se constata una tendencia hacia la regionalización y un enfoque de fachadas marítimas (caso portugúes). En todos los casos, se insiste en acometer actuaciones complementarias y de coordinación en lo referente a la intermodalidad.

La gobernanza portuaria continúa siendo una asignatura inconclusa de la que, día a día, aprendemos algo nuevo

La mayoría de las políticas portuarias incorporan como objetivo la cooperación entre puertos, ya sean próximos o distantes; regionales, nacionales e internacionales. Esto es, se potencian y multiplican alianzas interportuarias de cara a fomentar y promocionar enlaces directos dentro de una cadena global de suministros. Con ello, se redefine el nuevo rol de las autoridades portuarias contemplando cuatro líneas de actuación: a) Desarrollar el concepto de puerto emprendedor; b) Definir al puerto como un órgano gestor de terrenos; c) Convertir el puerto como un ente controlador de las operaciones marítimo-terrestres; y d) Considerar al puerto como una actividad generadora de negocios.

No cabe duda que una mayoría de países (sobre todo los de mayor índice de conectividad marítima) sostienen que un puerto desempeña un elevado efecto de arrastre en la consolidación de la economía regional y, consiguientemente, debe conformarse como una base logística que sirva de palanca para el desarrollo territorial. Sin embargo, no todos los países así lo entienden y, de esta forma, la situación parece a primera vista muy controvertida y compleja.

Son, pues, muchos los vectores a tener en consideración y muy pocas las variables estratégicas que son fijas, estables y permanentes. Las autoridades portuarias buscan no perder protagonismo, evitando convertirse en agentes pasivos, desprovistos de poder y ausentes en la toma de decisiones. Por ello, enfocan sus reacciones hacia pautas más participativas en materia de gobernanza y en lo que atañe a las dinámicas de coparticipación. De ahí que no sea difícil encontrar políticas de promoción comercial por parte de determinados puertos, dirigidas hacia la constitución de fachadas marítimas o de alianzas interportuarias de cara a ser más atractivos, mostrando relevantes notas diferenciadoras en base al potencial de sus hinterlands y de las relaciones de intermodalidad.

En suma, la gobernanza portuaria continúa siendo una asignatura inconclusa de la que, día a día, aprendemos algo nuevo. Lo dramático es ocultarse, no tomar decisiones o dejar que otros las adopten por tí. La mayoría de los países meridionales europeos han definido en el último quinquenio su Estrategia Marítima; otros han creado Ministerios del Mar; y, unos terceros, han permitido que sus Consejos Económicos y Sociales elaboraran un plan a medio/largo plazo para desarrollar sus acciones de innovación marítima.

En España mantenemos una ambivalencia. Por un lado, somos el país comunitario con más kilómetros de costa y, al mismo tiempo, el interés por lo marítimo es muy relativo.