La única vez que estuve en Las Vegas, y que conste que no soy para nada de casinos -es más, no sé jugar a las cartas, ni me gusta ni tengo intención de aprender, ni siquiera al mus-, descubrí que la “ciudad del pecado” funciona con una lógica propia, casi física: cuanto menos entiendes el juego, más rápido pierdes.
Mi historial “ludópata” se reducía a las quinielas, y quizá por eso sigo recordando con nitidez la primera que sellé, con unos 15 años, un boleto: acerté 13 y no me convertí en “Jaime, el de los 14” porque al Barakaldo le dio por empatar a cero en La Balastera, el campo del Palencia; cegado por mi forofismo, en vez de una X, le puse un 2. Me embolsé unas 38.000 pesetas de las de 1981, pero los acertantes de 14 se llevaron cada uno 1,3 millones de pesetas. Maldito empate...
Total, que con ese currículo llegué al Flamingo de Las Vegas e “invertí” cinco dólares en billetes de a uno en una slot machine que engullía el retrato de George Washington una y otra vez mientras hacía sonar la música y parpadear las luces como si mi vida fuera a dar un giro afortunado. Y aquí me tienen. Recordé esa escena el pasado viernes en “Los viernes de la Cámara”, mientras el presidente del Puerto de Bilbao, Iván Jiménez, explicaba que los puertos se parecen bastante más a los casinos de Las Vegas de lo que uno imaginaría a primera vista. Allí, los hoteles son casinos que viven del juego y no tanto de las reservas de habitaciones. Y los puertos, dijo Jiménez, viven del movimiento, no de la ocupación “inerte”. “No se trata de llenar el puerto, sino de garantizar actividad y movimiento constante”, expuso.
“Mejor un 70% de ocupación si los que están dentro juegan mucho, que un 100% si no van a jugar”, afirma el presidente del Puerto de Bilbao, Iván Jiménez
Porque proyectos hay muchos, pero interés estricta y puramente portuario, no tantos. “Mejor un 70% de ocupación si los que están dentro juegan mucho, que un 100% si no van a jugar”. O lo que es lo mismo: tener el suelo lleno pero sin barcos es como tener el casino abarrotado de huéspedes que no se acercan ni a una slot machine ni para jugarse billetes de 1 dólar. Muy rentable para el hotel, nada para el juego. Y el puerto, igual: “Teniendo el puerto lleno, si no vienen barcos, el puerto se hunde”. Literal y metafóricamente.
Y no olvidemos que el suelo portuario no es cualquier cosa. Las ampliaciones portuarias, como la que acomete actualmente la Autoridad Portuaria de Bilbao (equivalente a “30 San Mamés”, dijo Jiménez), cuestan dinero, tiempo, hormigón y mucha paciencia. No se hacen para “esconder” industrias que no caben en otro sitio, ni para resolver los sudokus urbanos de nadie.
Y sin embargo, la tentación aparece en forma de ubicar al final del espigón la empresa molesta que los vecinos no quieren junto a sus casas. Bilbao tiene un ejemplo en Sader, empresa dedicada al reciclaje, valorización y tratamiento de residuos, en Zorroza, y cuyo traslado al puerto reclama el vecindario. ¿Pero aportaría actividad? ¿O sería una concesión inerte en uno de los suelos logísticos más caros del país?
El debate está en decidir qué debe ser un puerto en pleno siglo XXI: un refugio para actividades incómodas o una herramienta económica que debe ser sostenible, económica, ambiental y socialmente, y que necesita atraer barcos, escalas, tráficos y movimiento. O tal vez ambas cosas, con el adecuado equilibrio. Porque si los puertos son como casinos, la pregunta es: ¿qué tipo de clientes queremos? Los que juegan. Los que generan ingresos.
Ahí está la clave: actividad, no simple ocupación. Que los metros cuadrados portuarios, como los dólares en Las Vegas, solo cobran sentido cuando alguien los pone en juego. Así que, ¡hagan juego, señores!.