Menú
Suscripción

“Higgings se corta en Hunter 42, Markley 67, Hudson 71 y Everglades 84...”

  • Última actualización
    08 julio 2026 05:20

“Empezó por una equivocación. Estábamos en Navidades y me enteré por el borracho que vivía calle arriba, y que lo hacían todos los años, que contrataban a cualquiera que se presentase, así que fui y lo siguiente que supe fue que tenía una saca de cuero a mis espaldas y que me dedicaba a pasear a mis anchas”.

Así arranca Charles Bukowski su novela “Cartero”, en la que fiel a su estilo irreverente detalla su experiencia autobiográfica como empleado del Servicio Postal de los Estados Unidos, que en su Código de Ética del año 1970 establecía, entre otras cuestiones, que “todo el personal de correos debe actuar con inflexible integridad y devoción completa al interés público”.

Basta conocer la manera de entender la vida de Bukowski para deducir rápidamente que su paso por el correo estadounidense fue de todo menos íntegro y la devoción completa brilló por su ausencia.

Aún así, su afán por conservar el trabajo nos permite descubrir la trascendencia que tenía en aquellos años el servicio postal para los Estados Unidos y el nivel de exigencia al que se sometía a los empleados, en un momento de la historia en el que el trabajo era 100% manual y no existía ningún tipo de automatización.

Uno de los retos más importantes era sin duda la tarea de clasificar las cartas una vez llegaban a los servicios centrales. Que cada misiva llegara desde el último rincón de Estados Unidos hasta el último rincón de Estados Unidos solo era posible identificando y clasificando correctamente cada carta por parte de los funcionarios de Correos, que estaban obligados a clasificar un mínimo de 100 cartas en 8 minutos con un grado de exactitud de al menos un 95%. Como relata Bukowski, cualquier ratio inferior a estos niveles conlleva el pertinente expediente al empleado y, en caso reiterado, la tramitación de su despido.

Para clasificar las cartas con esta celeridad, los empleados de correos contaban con un aliado fundamental: el código postal. Ahora bien, ¿qué sucedía con las cartas que no incluían el código postal o el código era erróneo?

El Servicio Postal de los Estados Unidos no se lavaba las manos, ni rebotaba el problema al remitente. El Servicio Postal asumía su misión y obligaba a los funcionarios a saberse de memoria cada calle y cada rincón de una ciudad como por ejemplo Los Ángeles, de tal forma que con saber solo la calle y el número pudiera identificar rápidamente el código postal y clasificarla adecuadamente.

Hoy toda esta tarea manual nos resulta anacrónica, fatigosa e innecesaria

Para ello, el empleado de Correos debía someterse a la pesadilla de los “esquemas”, es decir, memorizar milimétricamente la ciudad mediante la regla nemotécnica de conocer todas las calles a través de sus intersecciones. “Higgings se corta en Hunter 42, Markley 67, Hudson 71 y Everglades 84...”, recita Bukowski a modo de ejemplo, no sin recordar que los funcionarios solo podían estudiar tras sus doce horas reglamentarias de trabajo y debían someterse a un examen que superaba menos de un 10% de los candidatos, encontrando el resto como respuesta el despido.

Hoy toda esta tarea manual nos resulta tan anacrónica, tan fatigosa y tan innecesaria que en un campo logístico como este somos incapaces de concebir otra realidad que no sea la de seguir avanzando en el tratamiento automatizado de tal manera que cualquier otra vuelta al pasado sería considerada un imperdonable atraso, incluso por los actuales carteros.

Dicho esto, ¿por qué sí hay otros eslabones de la logística que siguen negándose de raíz a seguir avanzando en la automatización? ¿Fue acaso porque se alcanzó el punto de equilibrio en el que el trabajo se situó en unos límites de penosidad soportables, en unos niveles de respeto al trabajador suficientes y en unos márgenes salariales atractivos? Sin duda, pero el factor desencadenante es la capacidad de la máquina de hacer las cosas mejor y más rápido y esto, de momento, la historia nos ha demostrado que es irrefrenable. Es más, hay profesiones ligadas a la creación humana y su ser más íntimo donde podemos cuestionar seriamente el papel de las máquinas y su creatividad, pero esto se hace difícil de entender en profesionaes automáticas por mucho que las elevemos a los altares bajo el lema de que es “una forma de vida”.

Coincido aquí con la CNMC en alertar de las barreras que algunos quieren establecer para la automatización, tan sutiles y efectivas como las pretendidas barreras “convencionales”, que nos harán convertirnos en una isla de ineficiencia frente a un mundo donde ya no es posible, por mucho que nos empeñemos, frenar a determinadas máquinas.

Y vuelvo aquí a Bukowski, con la perspectiva que le da el hablar del Servicios Postal de los Estados Unidos de hace 56 años. Incapaz de aprenderse los esquemas, tuvo que ir al psiquiatra para buscar una solución, pues no quería perder el empleo. La respuesta del médico no tuvo precio, o sí: “Usted no está loco por no desear estudiar los esquemas. En todo caso estaría loco si quisiera estudiarlos. Son 25 dólares”.