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“¡Hola ahí abajo!”

  • Última actualización
    03 junio 2026 05:20

El 9 de junio de 1865, de regreso de una estancia de placer en París y tras cruzar en barco el Canal de la Mancha, el escritor Charles Dickens tomó un tren en Folkestone Station con destino Londres. Le acompañaba su amante, la actriz Ellen Lawless Ternan.

En las proximidades de Staplehurs y a la hora de cruzar el viaducto sobre el río Beault, el tren descarriló y gran parte de los vagones se despeñaron. Murieron 10 personas y otras 40 quedaron heridas. El vagón de Dickens quedó suspendido del puente. El escrito logró salvar la vida, así como rescatar a su amante y el manuscrito de su última novela, además de socorrer a numerosas víctimas y sufrir durante mucho tiempo las secuelas emocionales de todo lo vivido.

La causa del accidente no ofreció dudas. Por un fallo de descoordinación y durante las rutinarias tareas de mantenimiento y reposición de las vías, se habían desmontado 13 metros de raíles a la altura del puente sobre el río Beault, en el convencimiento de que ese día ya no había más circulaciones previstas. Aun así, un guardavía con su bandera reglamentaria fue posicionado a 500 metros del viaducto, ante cualquier imprevisto. Incapaz de frenar con tan poco margen, el aviso del guardavía no sirvió de nada y el tren terminó despeñándose.

Dickens, que tuvo que hacer grandes malabarismos para que no trascendiera que en el accidente iba acompañado de su amante, dejó plasmado todo lo vivido de una manera tan sutil como impactante en el relato “El guardavía”, publicado en la Navidad de 1866.

Es el protagonista un “hombre de tez pálida y pelo oscuro, de barba negra y cejas bastante pobladas”, cuyo puesto como guardavía “se encontraba en el lugar más solitario y triste que yo hubiera contemplado nunca”, relata Dickens.

Dickens describe con admiración los efectos del progreso y cómo el ferrocarril había logrado “montañas de mercancías que partían y llegaban veinte veces en las veinticuatro horas del día”

Atormentado, narra el protagonista cómo de forma misteriosa un hombre se le ha aparecido en diversas ocasiones de noche en el túnel próximo, junto a la luz roja que brilla en su boca, y tras advertir de su presencia al grito de “¡Hola ahí abajo!”, a continuación avisa con insistencia: “¡Cuidado, cuidado!”. De forma invariable, el guardavía intenta comprobar si pasa algo en el túnel, pero todo es normal. También se pone en contacto con sus superiores mediante el telégrafo por saber si se ha producido algún accidente o consta algún incidente en la vía, pero nada. Le toman por loco.

Eso sí, cada vez que aparece el hombre misterioso, a las pocas horas se produce un grave accidente con numerosas víctimas o una muerte violenta en ese tramo del ferrocarril. Así, al igual que en el descarrilamiento que vivió Dickens en la vida real, vemos a un guardavía avisado del peligro y que intenta advertir de que algo va a pasar, pero el desastre termina siendo inevitable.

Hay que recordar que Dickens, como cronista de la Inglaterra victoriana y de la sociedad que surge de la Revolución Industrial, nos legó algunas páginas sobre el origen e impacto del ferrocarril.

En “Dombey e hijo” (1848) Dickens describe con admiración los efectos del progreso y cómo el ferrocarril había logrado que “multitud de viajeros, y montañas de mercancías que partían y llegaban veinte veces en las veinticuatro horas del día, producían en aquellos lugares una agitación ininterrumpida”, pero sobre todo pone de manifiesto que, al principio, aquello fue necesariamente una cuestión de fe.

En un primer momento, en aquellos lugares donde comenzaba a llegar el ferrocarril tenía lugar “el primer síntoma del terremoto que estaba transformando todos aquellos parajes. Por doquier veíanse huellas de destrucción: casas derruidas, calles cortadas bruscamente e interceptadas por los escombros, excavaciones y profundos agujeros; a intervalos, enormes masas de arcilla, casas minadas y amenazando ruina, sostenidas apenas por grandes vigas (...). Todo obedecía al tendido de la línea del ferrocarril”.

Hay otros factores de competitividad que hay que sortear si queremos que el ferrocarril de mercancías despierte, entre ellos cómo ser rentables en un mercado sin subvenciones

En este contexto, recuerda Dickens que “en el vecindario se dudaba del éxito de los caminos de hierro”. Así, “algunos hosteleros tal vez hubieran realizado allí algún negocio pero, teniendo en cuenta el mísero estado del lugar, no se atrevían a abrir sus establecimientos. La confianza llegaba con lentitud”. Es por ello que el escritor inglés relata que “todos estaban de acuerdo en reconocer que aquel arrabal sobreviviría un número incontable de años a esta ridícula invención”, en referencia al ferrocarril.

Ahora bien, como recuerda Fermín Allende Portillo en su trabajo “La historia ferroviaria a través de la literatura”, el tiempo terminó dando la razón a quienes entendían el ferrocarril como progreso, recordando la referencia de Víctor Hugo en “Los miserables” (1862) quien afirma que “una estación de ferrocarril donde quiera que se sitúe, produce la muerte de un arrabal y da nacimiento a una ciudad (...). Las casas viejas se hunden y surgen las nuevas”, lo que es corroborado por Charles Dickens al señalar que “en cuanto al vecindario que había vacilado, se había arrepentido y ahora se vanagloriaba” y pone como ejemplo todo el “merchandising” de la época que tenía como motivo el nuevo ferrocarril.

$!Ferrocarril. Puerto de Dover (Inglaterra). Hacia 1860.

El caso es que en España, 160 años después, tal y como hemos recordado en otras ocasiones, seguimos inmersos en esa fase del ferrocarril de mercancías en la que todo consiste en tener fe. Tenemos la península ferroviaria absolutamente patas arriba con obras, cortes de vía e inversiones por doquier, “un terremoto que está transformando los parajes” de nuestra logística sin que de momento veamos más rédito que las “excavaciones y los profundos agujeros” acompañados de un desmoralizador retraso con respecto a los plazos constructivos inicialmente previstos.

Muchos de los grandes implicados caminan taciturnos y escépticos, con la obligación de creer y la resignación de que todo esto se sigue haciendo largo, muy largo, y, lo más importante, sin dejar de apostarse al pie del túnel de la incertidumbre para llamar la atención al grito de ”¡hola ahí abajo!” y “cuidado, cuidado”, pues no todo va a ser la infraestructura, hay otros factores de competitividad que hay que sortear si queremos que el ferrocarril despierte, entre ellos cómo ser rentables en un mercado sin subvenciones.

No olvidemos (ojo spoiler) que hubo una última noche en la que se le apareció el misterioso hombre al guardavía de Dickens, una última vez que en la boca del túnel gritó “cuidado, cuidado”, un último instante de desesperación ante su incapacidad de avisar al tren del peligro que se cernía, una última ocasión, pues a la mañana siguiente el muerto arrollado por el convoy y cuyo cuerpo quedó tendido inerte en las traviesas fue el del propio guardavía.