He tenido la oportunidad de ver esta semana en Movistar+ el documental dedicado a Wilfred Agbonavbare, futbolista nigeriano que durante seis temporadas defendió la portería del Rayo Vallecano. La huella que Wilfred dejó en el barrio de Vallecas y sus constantes muestras de humildad y bonhomía brillan en la trayectoria de un excelente guardameta que, no obstante, como tantos otros exjugadores, hubo de resetear su vida al completo una vez que abandonó el fútbol y se esfumaron los ahorros.
A esa época pertenece su trabajo como operario de almacén en el cruce nocturno de la plataforma de MRW en el Centro de Carga Aérea de Barajas, una experiencia que para muchos sintetiza el viaje desde lo “más alto” hasta lo “más bajo” y que con ligereza solemos denominar “caída”, al olvidar que de lo que se trata es de algo tan común como “las vueltas que da la vida”. Lástima que caigamos en el facilón ejercicio de poner etiquetas y de restar prestancia a profesiones tan a la ligera, profesiones que son dignísimas y profundamente necesarias, merecedoras también de admiración y respeto, el mismo con el que asumía aquella actividad Wilfred, junto a una naturalidad que ayudaría enormemente en estos días para hacer más atractivas determinadas profesiones logísticas.