Las poquísimas veces que miro las redes sociales aumenta mi pánico a que siga creciendo la polarización y el extremismo. El manejo, casi exclusivo, de superlativos, el maniqueísmo total y el odio sin medida me llevan a una creciente preocupación. A esto hay que añadir la tendencia de los jóvenes, sobre todo, a beber solo de esa fuente inmediata y fresca pero envenenada. Si sumamos los mensajes totalitarios, radicales, absolutos, simples, con las mentes más influenciables, tenemos una bomba de relojería. La evolución de la comunicación nos lleva, cada día más, a recordar los 11 principios de la propaganda de Joseph Goebbels, el profeta de la divinidad que, para muchos, demasiados, fue Adolf Hitler. Casi nada. Goebbels fue tan culpable, o más que Hitler en todo lo que se hizo con la mente de millones de alemanes, adoctrinándoles en el fanatismo gracias a un par de ideas simples, que acarrearon consecuencias especialmente catastróficas. Los principios de propaganda del jodido enano diabólico están hoy más vigentes que nunca, con el problema añadido de que hoy se cuenta con redes sociales, la pólvora con la que hubieran soñado los propagandistas de entonces y que están gozando, usando y disfrutando los extremistas de ahora.
Para que vean que no exagero, les reproduzco uno de esos principios de la propaganda de Goebbels, el principio de la vulgarización. “Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar”. En un mundo donde no somos capaces de prestar atención a nada que sea largo, complejo o profundo, este principio se usa por unos y otros más que nunca.