La bola negra es el sistema que tenían antaño distintos clubs, asociaciones, corporaciones... para vetar el ingreso de alguien. Era una forma anónima, cómoda, pelín cobarde, de decirle a alguien que no, que te sonrío cuando te veo, te digo que me alegro de verte, que espero que tus hijos estén bien, pero... que aquí, a mi lado, en MI asociación o club, yo no te quiero. La bola negra, término que se ha puesto de moda estos días a raíz del estreno de la película de los Javis, servía para clarificar, en cierto modo, la verdad verdadera que hay tras determinadas relaciones comerciales o personales.
Lo malo, o bueno, es que la bola negra, como todas las bolas, negras o no, tiene la costumbre de girar a su libre albedrío. Puede golpearme hoy para no dejarme entrar, pero mañana esa misma bola quizás esté en mi mano. Parece mentira que sigamos olvidándonos de una verdad tan rotunda como esa que indica que la vida, como la bola negra, da muchas, muchísimas vueltas, y que, ante eso, se vuelve imprescindible tratar a todo el mundo con máximo respeto.
Es jodido eso de la bola negra, porque no te explican quién no te quiere y, sobre todo, por qué no te quieren
Para no preguntarle a la IA, recurro a ejemplo cercano. A mí mismo. Hace muchos, muchos años, en una galaxia muy muy lejana, se me aplicó la hoy famosa bola negra en una asociación... que luego he presidido durante muchos años. Es jodido eso de la bola negra, porque no te explican quién no te quiere y, sobre todo, por qué no te quieren. No sabes si te echan por vasco, catalán, alto, bajo, feo o gordo, pobre, rojo o gay... Ni derecho a eso, a la explicación, tienes. En mi caso, tengo que aclarar que supe, poco después, porque la votación secreta me la contaron casi todos, quiénes fueron los 9 que apoyaron mi candidatura y quiénes los tres que tiraron de bola negra, esperando que no se supiera nunca que habían usado esa herramienta para impedirme el paso. Y que conste que esto de la bola negra no solo se aplica a los pobres. La persona, o una de las personas más importantes en la Historia del Puerto de Valencia, también tuvo su bola negra en un determinado momento.
Yo creo que nunca he negado a nadie mi visto bueno para acceder a una asociación. Tener normas claras, concretas, iguales para todos, a la hora de permitir el acceso, es un gran primer paso en el camino hacia convertirse en algo serio y respetado.
Este sector tiene, o tenía, sus bolas negras. Pero también tienen sus luces. Para quitar el posible mal sabor de boca resalto también la grandeza, la emoción, la humanidad sin fisuras que transmitió la celebración, el pasado martes en Barcelona, del Día del Consignatario, que se convirtió, también, en un homenaje especial al gran Àlex Ferrándiz.
Uno el mío a los tres espontáneos, prolongados y rotundos aplausos que, a lo largo de la velada, se dedicaron a la memoria de Àlex, no por su cargo ni por la influencia que pueda tener o haber tenido en la cuenta de resultados de unos u otros. Hubo tres inmensos aplausos para Àlex (compañero del alma... tan temprano) por ser tan persona. Cada vez estoy un poco más orgulloso de este sector.